lunes, 23 de octubre de 2017

Nacimiento del Elfo Cartujo y el Libro que nadie sabía leer.

Ariel Mastandrea


El Elfo Cartujo nació al lado de los alcauciles violetas, entre las mandarinas de octubre, cuando nada hacía sospechar tanto calor y las magnolias se estaban probando sus vestidos de fiesta para asistir al Gran Baile de Presentación de Señoritas.
Había muchos preparativos y serios trabajos por ese entonces, ya que ésta es una de las grandes festividades del Bosque Secreto.
Todo el mundo planchaba sus trajes, se bañaba dos veces con jabón de caramelo y se peinaba como sólo se pueden peinar los seres del mundo de las hadas, muy desprolijamente y con cintas, intentando lo imposible.
Las azucenas zurcían sus velos de novia, las arañas no daban abasto con sus tejidos de seda de macramé y El Viento andaba un poco preocupado soplando de aquí para allá porque quería encontrar una moneda de oro que se le había perdido.
Para colmo de males hacía tres días que a las luciérnagas se les habían apagado cinco de sus doscientas treinta y cuatro linternitas.
Hacía mucho calor en ese mes. Y no llovía.
Cuando parecía que llovía, no llovía; caía algo azul con forma de notas musicales que formaba como un ronroneo en el alma.
Era una música extraña y tan desafinada, que no ayudaba a crecer, solamente ayudaba a bailar.
Algunos dicen que muy mal.
-Porque cuando uno baila así, no crece, ni tose, ni se casa - decían los juncos solteros, meneando sus caderitas muy contentos desde una orilla del río.
-Solamente baila así –respondían las lirias amarillas desde la otra orilla, marcaban a las risas el compás para no perder el ritmo desafinado.
En medio de esos romances de mentira, se veía pasar a las nubes.
Cada tanto una y cada tanto otra, pero ninguna se quedaba para hacer llover. Ninguna traía su balde con confetis rellenos con dulces de agua.
Primero pasó una muy gorda y con sombrero de paja , al ver a tanta gente allá abajo le dio vergüenza , saludó un poco , pidió disculpas y después se escondió detrás de un duraznero para disimular.
Pero le quedaba chiquito...
Después pasó una nube con cara de no saber a dónde ir , al rato pasó otra con cara de sí saber, muy apurada y con cartera roja .
Las dos se encontraron en una esquina del cielo, se tomaron del brazo y siguieron conversando muy bajito, quién sabe de qué, hasta el horizonte cansado.
Y nada.
Que no llovía.
Y seguían cayendo notas musicales.
Se formaban charquitos de solfeo.
Un ronroneo por todos lados.
En casos así, uno se da cuenta que es muy difícil hacer lo que uno tiene que hacer, no hay compás que aguante y se pierde el ritmo de las cosas.
El Hada de las Lilas, que tenía que coser mucho, no le embocaba al tamaño de los ojales de las pecheras de los petirrojos y los bombones de anís se habían vuelto bizcos porque no encontraban cómo prender los trajes de lentejuelas de las cigüeñas rosadas.
A las seis de la tarde las margaritas amenazaron con no asistir a la fiesta.
Estaban muy ofendidas porque se habían olvidado de invitarlas.
-Cómo es eso de que se olvidaron de invitar a las margaritas!- dijo la Nutria Salvaje , sacándose los lentes muy enojada y dejando a un costado unas agujas de crochet y unas lanas .
-A ver quién tiene la culpa? –agregó, mirando con sus amenazadores ojos miopes.
El tejido que tenía entre las manos se hizo un nudo verde a la altura de la garganta, intentó hacer un dibujo por su cuenta y no pudo, tragó saliva.
No era que se hubieran olvidado de invitarlas.
La culpa la tuvo El Caracol, que hacía de cartero por ese entonces y había perdido la cartita escrita con tinta de limón en una de sus vueltas lentas.
Desde ese día usaba una bufanda de hojas de tilo para abrigar la tos de su dolor, se la pasaba encerrado en su casita redonda y no salía a saludar, se quedaba a conversar consigo mismo por teléfono.
Todos eran augurios negativos.
A nadie se le ocurrió que podía nacer un elfo en estas circunstancias.
Ni siquiera se percataron las hadas que para ese entonces andaban muy atareadas en la confección de farolitos rojos para adornar la noche. Nadie lo pensó.
Y mucho menos el Hada Cartuja- que es la encargada de proteger a los elfos - tenía desde hacía días dolor de muelas y se escondía entre los yuyitos para que no la vieran con su carita hinchada de nácar.
-Va a pasar algo –dijo la Lechuza- algo importante.
Como todo pasa y todo es importante, a nadie se le ocurrió prestar mucha atención a la Lechuza .
Cuando una rosa estornudó y se puso a llorar de la impresión, allí fue que nació ; entre el tiritar de las mandarinas de octubre y los alcauciles violetas .
Como todos los elfos, el Elfo Cartujo ya vino con su violín bajo el brazo, sus escarpines a rayas y su traje de terciopelo con botones de caracoles.
Todo perfecto, en verde y en elfo, con pipa, pijama haciendo juego y sus guantes.
Pero éste elfo trajo algo más cuando nació, algo extraordinario y único: un libro que nadie sabía leer.
Era un librito chiquito, con un trébol bordado en la tapa y que nadie sabía leer.
-Qué cosa más rara - dijeron las hadas - un elfo con un librito que nadie sabe leer!
Ni el elfo sabía, y eso que los elfos lo saben todo, ni bien nacen.
-Aprenderé - dijo - Siempre hay tiempo.
-Y en cuánto tiempo?- preguntaron las hadas , muy curiosas.
-En mi propio tiempo -dijo.
-Qué cosa más rara, un elfo que tiene su propio tiempo!
Eso dijeron, repetían.
Y nadie se acordaba de semejante disparate.
Ni siquiera las hormigas viajeras que son las más visitadoras y memoriosas de las criaturas del Bosque Secreto.
-No hemos visto nada parecido a esto - decían - ni en Este Lado ni en el Otro Lado, ni en el Lado que No se Ve.
El libro que nadie sabía leer despertaba mucha curiosidad.
Inmediatamente ocupó el lugar de interés de todos, incluso más que el Gran Baile de Presentación de Señoritas.
-Quién escribe un libro que nadie puede leer? Qué cosa habrá que pueda contar que no sabemos? - se preguntaban.
Pero nadie sabía la respuesta.
Y comenzaron las especulaciones.
-Será que no sabemos leerlo o que no podemos?- decían las hortensias pensativas , le preguntaban al elfo muy circunspectas y juiciosas .
-Yo no sé - decía el elfo - yo sólo lo traje.
-A lo mejor, si empujamos al Querer Poder, podremos llegar al Saber Leerlo - le decían las comadrejas rojas a coro, le preguntaban al elfo escarbando, escudriñando cosas entre la tierra oscura y sus enigmas.
-Inténtenlo - decía el elfo - a lo mejor pueden.
Pero nadie podía descifrar aquella escritura tan extraña y bonita.
La observaron durante mucho tiempo.
Al final se percataron de que más bien parecía dibujada, pero no era eso.
Más bien lo otro.
-Cada letra parece una canción - dijo el Conejo Blanco de Todos los Días.
-Y cada oración una idea - dijo la Retama Amarilla.
-O por lo menos una idea que se parece a algo- agregó la Oruga Blanca. Y lo dijo como al pasar, como no queriéndolo decir; después cuando se dio cuenta de lo bien que había estado y de que a partir de allí todas las cosas iban a quedar como perfumadas, agregó:
-Como una idea que no se sabe de dónde viene, pero que ahí está.
-Exacto -dijo La Flor Azul del Pensamiento- Ahí está a la espera de poder descubrirlo.
Qué maravilla !Un libro que estaba esperando a ser leído y lo había traído el Elfo Cartujo. Era eso!
-¿Y cómo espera un libro a alguien que no sepa leerlo?-preguntó el Papagayo Brasilero que vendía chocolatines de contrabando desde su rama.
-Sonriendo, sentado y escuchando - contestó la Alondra Escocesa, muy práctica y ahorrativa vigilando su alcancía desde la rama de enfrente.
Esas eran las conversaciones importantes en los días y horas previas al Gran Baile de Presentación de Señoritas.
Y no llovía y seguían cayendo notas musicales.
Uno tenía que andar barriendo esas cosas azules, glisantes y en desuso.
Daba mucho trabajo, hacía mucho calor lleno de ronroneos.
Y el elfo? Qué hacía el elfo mientras tanto?
Se la pasaba sentado encima de los grandes hongos de leche que circundan el Estanque donde se asoma La Luna de octubre para pintarse su lunar.
Parecía muy triste y pensativo afinando las cuerdas de su violín.
-Es un elfo filósofo- sentenció la Lechuza –ya van a ver, sólo eso nos faltaba!
Pero como el mundo está lleno de elfos, de filósofos y de cosas que faltan,
nadie le prestó ninguna atención a la Lechuza.
Cuando La Luna de octubre llegó a su cenit, todos pudieron admirar su recién estrenada capa fosforescente de plata . Las estrellas tintoreras habían hecho muy bien su trabajo, con mucha paciencia lograron bordar todos los signos zodiacales con polen de los sueños para que se viera de lejos.
Fue entonces cuando La Luna hizo como una señal.
El Elfo Cartujo colocó muy tranquilamente el librito que nadie sabía leer en una piedra cercana, lo abrió en una página, tomó su violín y pareció escudriñar algo en el interior mismo de todos los misterios.
Luego con el arco marcó un acorde perfecto.
Y luego otro que le respondía, y luego otro que le conversaba, que acariciaba el rostro de lo que se escuchaba como nadie nunca había acariciado lo escuchado.
-Ya sabía yo – dijo La Lechuza – un elfo de los que saben tocar el violín.
Nadie se dio cuenta cuando los sauces verdes del Río comenzaron a hacer cosquillas con sus largas cabelleras a los pies de la dormida superficie del río. Desde el interior, desde lo más oscuro de la simiente del agua, algo se conmovió, un montón de bracitos de agua que se agitaban, se estiraban hacia la superficie del despertar.
-Estoy afinando el violín....– dijo el Elfo Cartujo.
-Lo que les dije – dijo la Lechuza –un elfo filósofo que encuentra su propio tiempo afinando su violín.....
Alguien frunció el ceño, chistó y se hizo un silencio respetuoso.
La Luna tomó colocación en el firmamento y un grupo de estrellas nodrizas arregló su vestido de madreperlas, le colocó la capa y acomodó como pudo aquella larga cola.
Alrededor se fue formando un séquito de Astros Cancilleres y Obispos Zodiacales, Damas, Caballeros, Alfiles y Escuderos de los Sueños, todos muy juntos, antiguos y atentos.
Hubo murmullos, caras asombradas que se asomaban desde todas las ventanas iluminadas en amarillo .Caras de rata y de pájaro, caras con narices, con ojos desmesurados, caras de muñeca y de flor, caras pintarrajeadas con enormes pelucas y sombreros, todas boquiabiertas.
Sonaron unas trompetas, unos cornos lejanos.
La Luna ya estaba pronta, tosió discretamente y miró de frente.
-Ya es tiempo –dijo el Elfo Cartujo- es tiempo de comenzar....
Se paró muy rígido y serio frente a el libro que nadie sabía leer, respiró profundo, golpeó con el arco varias veces la piedra y luego.....luego.
Hubo un acorde majestuoso de címbalos provenientes de lo más profundo de la noche, un acorde de al que le siguió un cántico de violines y de laúdes, un cantar de voces de flautas, de arpas que llamaban, que respondían, que preguntaban y dialogaban desde lo líquido de la sustancia del Cosmos.
Las notas musicales que habían estado durmiendo y cayendo desde hacía días comenzaron a incorporarse desde el azul de su letargo dormido, formaban rondas tomados de las manos y zigzagueaban en un movimiento ascendente hacia la noche.
Fue entonces cuando desde todos los lugares del Bosque Secreto comenzó a salir una muchedumbre entusiasta de personajes vestidos de gala que se dirigían con antorchas al Estanque de la Primavera.
Eran grupos compactos que correteaban, se arremangaban sus grandes trajes de crinolina, se sujetaban los sombreros y se apeñuscaban entre el gentío de máscaras y el humo. Iban en triciclos, en grupos de a pie, en zancos, subidos a carros atestados tirados por caballitos de mar; corrían gritando, aleteando, a las risas, empujaban por llegar.
Mientras el cortejo de la Luna de octubre avanzaba lentamente sobre el firmamento, hubo un redoble de tambores, un resonar de gaitas lejanas y se abrieron con algarabía las puertas de bronce del Gran Teatro de los Sueños.
Y se formó una larga cola que serpenteaba alrededor de la sombra del rocío.
Y fueron entrando uno a uno con su entrada de néctar.
Como pudieron todos fueron tomando su lugar en las plateas, en las tertulias, en los palcos, cada cual buscó su número de la suerte entre los nardos.
Al final hubo como un rumor de olas con campanitas, como un gran abrazo celeste en las orillas perfumadas del sueño.
La Luna ocupó entonces su lugar en el Palco Secreto, sacó de una bolsita su larga vista de plata; el Elfo cartujo desde su piedra, muy atento, levantó nuevamente su arco del violín; se apagó la luz de la sala...
Y bajo la luz opalescente de los geranios y crisantemos en flor, dio comienzo el Gran Baile de Presentación de Señoritas.
*
Te gustó? El Viento nunca pudo encontrar la moneda de oro que se le había perdido… pobre.
La fiesta estuvo lindísima.


Ariel Mastandrea