lunes, 2 de octubre de 2017

El palacio de la Melodía por Ariel Mastandrea



En el palacio que estaba a un costado del camino de los Sicomoros Azules, vivía una señora muy antigua.
Tanto el palacio como la señora eran tan antiguos que ya estaban allí los dos cuando aún no había llegado nadie al Bosque Secreto.
Era una época tan remota, que todavía no se había inventado el día jueves, el color verde era más bien un amarillo pensativo, el Después no había llegado al Antes y las cartas se mandaban con palomas mensajeras a las que se perfumaba para que fueran bien recibidas y se las olfateara de lejos.

Los que conocieron a esta señora en persona, dicen que era pequeñita y delgadita, pero mirada de lejos, cuando se la veía oteando con su larga vista el paisaje desde uno de los balcones superiores del palacio, parecía alta, incluso muy alta.

A esta señora le decían simplemente La Señora, porque nadie supo nunca su nombre. Se sostiene – y no son pocos lo que insisten en ello – que hablaba poco con extraños, casi nada con conocidos y apenas lo estrictamente necesario con aquellos que eran de su confianza .Lo que sí está claro es que esta dama tenía serios problemas que la ponían muy nerviosa.

Sucede que siempre esperaba visitas.
Ese era su problema y su tarea.

Todo su esfuerzo, dedicación e interés se concentraba en preparar el palacio para que estuviera siempre pronto para recibir a quienes ella esperaba ansiosamente.
Como el palacio tenía muchas habitaciones y La Señora vivía sola, debía sortear muchos trabajos y no se cansaba con los movimientos de los plumeros, el sacudir de las alfombras y el fregoneo de escalinatas, alcobas y sótanos.

El palacio era muy singular en su arquitectura.

Visto desde afuera parecía más bien sólido, porque era de piedra cincelada con techos de pizarra y torreones con estatuas muy pesadas en los capiteles.
Ya desde adentro parecía más bien suave y blando, dada la proliferación de ventanales que lo llenaban todo de luz y el tapizado de las paredes y alfombras en sedas de tonos tornasol.

Era muy curiosa la percepción desde el comienzo, pues ni bien se entraba en el Recibidor , uno se veía reflejado en innumerables espejos , lo que daba la sensación de que le sonreía una muchedumbre asombrada, familiar y poco confiable desde el fondo.

II

Los que tuvieron el privilegio de conocer ese edificio se han puesto de acuerdo en describirlo innumerables veces.

Era así:

A la entrada estaba La Sala del Saludar que era de techo muy bajo para impedir las inclinaciones excesivas y más bien modesta para no impresionar demasiado.

Uno no podía pasar por esta primera instancia disimulando porque estaba mal visto , había que dar cumplimiento social y saludar como conviene .Para eso , esta sala estaba llena de sorpresas y buenas intenciones que se guardaban en una cajita verde de jade.
Podemos decir que lo que ocupaba más lugar en esa cajita, eran las buenas noticias sinceras y los adjetivos no muy costosos.

A esta sala le seguía El Salón de los Besos que era todo rosado y tenía catorce banquitos para que se sentaran los Catorce Diferentes Tipos del Besar.
El banquito numero siete era el más pequeño porque allí se supone que debía sentarse el Beso a Hurtadillas, que no necesitó nunca de ningún banquito y estaba allí por las dudas.
Este salón era usado por la Señora en esas estaciones indecisas en que no se sabe si reír o llorar, si abrigarse o desabrigarse; ella simplemente se sentaba allí a disfrutar de las fantasías de los besos que dudaban en hacer lo suyo, entre el calor y el frío de lo trastornado del almanaque del alma.

Entre la Sala del Saludar y el Salón de los Besos, había como un espacio que a modo de anticipo se había dibujado redondo.
Tenía una gran alfombra de seda bordados con faisanes y en un costado había un reloj de péndulo con carrillón.
El reloj era dorado y tenía cara de viejo con barba ; daba la hora en todos los idiomas , cantaba canciones tirolesas y bostezaba cuando no tenía nada que hacer ; lo que es cosa rara en un reloj que siempre tiene que estar atento sumando segundos y minutos a las horas indecisas .

Pero este reloj era muy precavido y trabajador, ahorraba energías, se aceitaba con aceite importado y a veces se adelantaba un poco.

Había algunas cosas en el palacio que se repetían y que eran muy observables.

Las barandas de las escaleras de los pisos superiores, los balcones que daban al parque, y la mayoría de los marcos de las puertas, tenían tallado un escudo con el emblema de la familia de La Señora, que era un clave de solfeo rodeada de tres liras.
También había por todos lados, estatuas de ángeles de mármol o de bronce de distintos tamaños tocando instrumentos musicales.
Había ángeles tocando la flauta, el violín o el arpa, ángeles bailando y ángeles cantando al compás de la zampoña o repicando panderetas.

Estas estatuas eran muy realistas, algunos señalan que hasta demasiado realistas.

En cualquier momento uno se podía encontrar con tres grandes perros terranova en el palacio: uno negro, otro blanco y el otro rojo, que deambulaban de aquí para allá.
Parecían ser tan nerviosos como su ama y había que tener cuidado con no tropezarse con ellos, y no es porque fueran peligrosos, sino que había que evitar la mirada de aquellos animales domésticos. Todos están de acuerdo en subrayar que la expresión de estupor perruno era tan insoportable, que frenaba cualquier interés del visitante en avanzar por el palacio.

En el segundo piso había tres cuartos que tenían cada uno: una cama pronta, un roperito, un tocador y una silla. Se las llamaba las Habitaciones de las Sobrinas y eran todas en color violeta, porque La Señora decía que el violeta es "El color inteligente que inspira la improvisación".

En una de estas habitaciones estaba el famoso “Arcón de los Gestos Inútiles”, que era una colección de joyas extraordinarias en forma de diademas, collares e infinidad de anillos de oro con piedras preciosas, prendedores y adornos exóticos heredados por toda la familia de la Señora. Se guardaban allí, porque nunca ninguna de las damas que habitaron el palacio usaron esas joyas.

Pegada a estas habitaciones estaba el Salón de Música que era el más grande de todo el palacio. En el centro había un piano blanco de concierto y a un costado, sobre una mesa bajita china, se podía observar un florero con un gigantesco ramo con mil y una calas siempre frescas.

Este salón tenía todos los instrumentos musicales que se conocen, incluso los desaparecidos de la memoria del uso de los hombres, los que aún no se han inventado e incluso los que nunca se va a inventar.
Todos muy bien afinados y lustrosos allí estaban, prontos para el instrumentar.

Hacia el final del segundo piso y siguiendo por un largo corredor con retratos de vetustos personajes inventados al óleo – entre los que encontraban muchos arzobispos, papas y emperadores - se encontraba La Sala de los Suspiros.

Era de forma sin forma, estaba tapizada en seda carmesí y era para suspirar.

El suspirar es una tarea de los tiempos felices , cuando uno tiene tiempo para observar el color del aire de la tarde y si mira tranquilamente hacia el horizonte se puede ver hasta siempre ; por eso tenía una forma que se adaptaba a las circunstancias del mirar pensativo.
Tenía tres ventanas ovales muy grandes con vitrales de colores que daban al parque de los cisnes de cuello negro y era usado para descansar de las largas jornadas musicales;
también para esos días asombrados con luz de eclipse o para los interminables sueños de las noches de verano en que no se podía dormir.

A un costado, sobre una mesita y en un soporte, había dos loros guacamayos azules, uno al lado siempre del otro, uno vivo y el otro disecado, pero no se sabía cuál era cuál.

Un lugar poco frecuentado por la familia de la Señora y sus visitantes era el Salón de las Ciencias Inexactas que tenía una puerta de cristal y quedaba en medio del rellano entre el segundo y el tercer piso.
Allí, ordenados racionalmente, había: un frasco con fetos, un cesto con sesos y una fuente con dátiles. También en el mismo orden y sobre un anaquel un poco más alto, se encontraba el Espejo de los Egos Alternativos junto a las Flores de Bach y los Pájaros de Mozart.
Este salón, si bien era poco visitado, no permanecía cerrado, la puerta de cristal permanecía siempre semi abierta y parecía intentar favorecer cualquier entrada furtiva.

Ya en el tercer piso, subiendo por una escalera de caracol que semejaba un gran xilofón, estaba el Salón de la Nada, que era un amplio espacio blanco donde en las paredes estaban dibujados grandes pentagramas vacíos.

Finalmente , sin contar los innumerables sótanos , cocinas , baños , altillos , recovecos -y dando como un respiro a las extensas superficies del mirar - estaba el Corredor de las Despedidas , que daba al fondo del palacio .

Era muy amplio y con la claridad de los ventanales del decir adiós; tenía varios estantes a un costado donde había muchos pañuelos ya prontos para el llorar y una serie de sobres para carta y papeles en blanco, donde uno podía escribir las cartas melancólicas de despedida, muy prolijamente y aún sin haberse ido; lo que era visto como de muy buen tono social.

Como se ve, era tarea ardua mantener semejantes superficies siempre libres de la humedad y el deterioro, la tierrita leve que siempre se acumula y el descuido de todos los días.
Lloviera o saliera el sol, hubiera bruma alrededor de los sicomoros, tifones en
los cielos, cayera granizo o simplemente no saliera la luna , el palacio tenía que estar pronto para las visitas de La Señora.

Que no eran muchas como pudiera suponerse.
Sino solamente tres.

III

La Señora tenía tres sobrinas llamadas: Rapsodia, Sinfonía y Melodía.

Estas muchachas solían visitarla y ella disfrutaba mucho de largas veladas en su presencia.
Sucede que el raro talento de estas jóvenes en el arte musical parece que favorecía una espera tan ansiosa.

Las tres visitantes llegaban siempre en horarios distintos, en diferentes estaciones del año, nunca llegaban juntas y jamás se anunciaban.
Por eso era que había que esperarlas con mucha precaución.
No cabían las sorpresas en el mundo tan afinado de la Señora; ella se encaramaba a los balcones del palacio y provista de un larga vista, oteaba el paisaje día y noche, tratando de descubrir de lejos la llegada de alguna de sus amadas sobrinas.

Era tanta su predisposición para la espera y el nerviosismo, que cambiaba de mirada y de balcón cada día.

El palacio tenía cinco balcones que daban al exterior.

El Balcón del Lunes era muy varonil y discreto, la informaba con voz de barítono de la ruta del río y del caminito de las horas entre las guayabas y los Sicomoros Azules.
Era poco confiable este balcón, porque según decía La Señora: “No se puede confiar en la mirada de alguien tan reservado. El buen mirar admite siempre sospechas femeninas”.

El Balcón del Martes, tenía poltrona y almohadón, era el más cómodo, sincero y era el más chiquito. Continuamente se la pasaba contando cuentos que se inventaba a sí mismo .Tenía forma de O , usaba chupete y la informaba de lo que pasaba por la Cañada Dormida, que era donde estaba el extraordinario bosque de calas que surtía a La Señora de sus flores favoritas .
Como los cuentos de este balcón eran muy interesantes, había que tener cuidado de no distraerse y concentrarse en las direcciones del mirar.

Digamos que formando como un codo, entre las grandes santa ritas rojas y los jazmines estaba el Balcón de Los Días que Faltan, que daba sobre la Cañada Despierta.
Como ese lugar siempre estuvo lleno de esas mariposas revoloteantes que llaman Cleo de Merode - las que tienen alas bordadas en lentejuelas y ojos negros pintados con rimel - desde ese balcón poco o nada se podía observar , pero siempre coincidía con algo imprevisto e importante que pasaba fugazmente.

Por lo demás no había problemas , el Balcón del Sábado y el del Domingo eran muy prácticos porque era uno doble , como en un matrimonio ; así que La Señora no tenía que hacer ningún movimiento , sólo había que cuidar de no marearse y no escuchar nada , se corría un poquito para no inmiscuirse en discusiones familiares y apuntaba con su larga vista en las direcciones que le faltaban .
Que eran muchas y muy indiscretas.

Una cosa irritaba mucho a La Señora.

No era tanto las largas horas de espera, ni el trabajo de mantener siempre pronto el palacio para las visitas, sucede que generalmente la llegada de sus sobrinas no coincidía ni con el día de la semana ni el balcón.

Siempre la sorprendían sus amadas sobrinas y ella no sabía cómo remediarlo.

IV

Estas tres muchachas eran muy talentosas en sus respectivas especialidades musicales.

Rapsodia era pelirroja , más bien gordita y muy bajita , toda sonriente y pecosa, llegaba alborotándolo todo , generalmente en el verano y especialmente los lunes , porque , como ella decía , le gustaba “ Iniciar todo como una fiesta , incluso la semana”.
Venía cubierta de regalos y valijas llenas de vestidos y sombreros de colores claros a la moda; siempre a las risas, con una alegría y una gracia que lo contagiaba todo.

Rapsodia usaba unos zapatos rojos con plataforma y desmesurados tacos altos para disimular su altura. Dominaba el clave, el órgano y el piano. A veces, cuando el calor marchitaba las magnolias de febrero, también tocaba la viola da gamba y las flautas dulces y saladas.

Su especialidad era el baile.

Lo hacía con tanto entusiasmo que nadie podía resistírsele.
Tenía una especie de encanto o energía transmisible que trastornaba a los seres vivos y a las cosas.

Ni bien ella comenzaba a bailar, todo el mundo no se podía contener y bailaba.

Y no sólo La Señora o las sobrinas bailaban. También lo hacían los tres grandes perros terranova del palacio; el viejo reloj bostezante con las cucharas y las tazas de té de las cinco; los tres gatos amarillos de porcelana bailaban con los faisanes bordados y las estatuas de todos los ángeles músicos de mármol con los de bronce.
Hasta los jarrones persas del Salón de las Despedidas hacían lo que podían con alguno de los fetos disponibles. En su propia mesita los dos loros guacamayos, el que estaba vivo bailaba con el que estaba disecado; los sillones y hasta los cuadros y las alfombras bailaban entre sí.
Todo esto sin contar a la infinidad de cajas con cosas olvidadas en los sótanos que bailaban con cosas que se encontraban bajo las escaleras , y los ratones del ático y hasta las arañas , desde sus guaridas, bailaban y se enredaban en sus redes de cristal como locas de entusiasmo ante la convocatoria de esta muchacha taconeante y bailadora.

Sinfonía era morocha, alta, muy pálida y más bien melancólica.

Vestía siempre de negro riguroso con un remate de moña verde y grande en la frente.
Llegaba generalmente en el otoño con los primeros fríos del mes de abril y era usual que trajera un baúl lleno de diapasones y metrónomos; todos estos instrumentos de oro o de plata con los que medía los tiempos musicales.

Tocaba el violín y el chelo con mucho cuidado no olvidando los detalles y se pasaba estudiando partituras de óperas italianas, porque según ella decía: “Es lo ideal para los solos de soprano ligera.”

Lo de ligera es un decir, porque Sinfonía era más bien una ultra soprano, lo más raro en materia de cuerdas vocales que se pueda encontrar.

A veces lanzaba unos sonidos graves que dejaban a los Catorce Besos del salón rosado, estupefactos y sin saber qué hacer con sus banquitos, los gatos se adormecían en sus sueños de porcelana y las mariposas Cleo de Merode quedaban extasiadas en el aire
y después no había cómo bajarlas con las escobas, pegaban unos gritos desesperados que causaban desilusión y al final quedaba todo el suelo regado de lentejuelas .

Si esta muchacha andaba de mal humor, se deshacía la moña verde y se concentraba con los agudos. Podía con gran precisión romper desde lejos las copas de cristal y también algunos de los caireles de las lámparas del gran salón de entrada con un solo grito agudo, frío y destemplado.

Ni qué decir del cesto con sesos.
Pero esto no era lo usual, Sinfonía era más bien de carácter tranquilo, generalmente tenía la moña bien ajustada en la frente y podía hacer cosas más sutiles y singulares con su canto.

Solía emitir sonidos que saludaban y otros que se despedían , sonidos que fantaseaban y otros muy realistas ; sonidos altos vestidos con levita y galera , o con forma de enanos con sombreros estrafalarios y sonrientes ; sonidos saludables que correteaban por los salones interminables y otros que se hacían los enfermos para no tener que hacer otra cosa.
Era inusualmente raro su registro.
Sinfonía podía sostener un Do hasta que caía melancólico -sin que nadie se diera cuenta- en los brazos de un Re enamorado y solía entusiasmarse inventando sonidos inconclusos que dibujaban signos zodiacales en el aire.
Con un Fa podía llegar a un Si y pasar a un Do sin interrupción, cosa que entorpecía, mareaba y podía poner fin definitivo a cualquier intento de coro que se podía improvisar.

Melodía era albina y se peinaba con un alto rodete.

Vestía anticuadamente y usaba lentes con forma de murciélago y aplicaciones de strass.
Podía llegar en cualquier época del año o en cualquier día de la semana y siempre traía una valija llena de libretas y papeles en blanco.
Esta muchacha era muy práctica, muy decidida y amaba la espontaneidad.
Lo único decididamente extravagante de su personalidad era que cada tanto emitía una especie de sonido agudo muy parecido al chillido de un ratón.

Ni bien llegaba al palacio, y para entrar en confianza, se deshacía el rodete y su largo pelo platinado llegaba hasta el suelo, abría la valija, sacaba los papeles y en seguida se disponía a componer.

Porque Melodía era compositora, una gran creadora de música.

Escribía y escribía y cuando se le acababan los papeles, inmediatamente subía al Salón de la Nada, sacaba de una bolsita -que siempre traía atada a la cintura - tizas de colores y al rato llenaba con notas y variaciones de tiempos musicales los grandes pentagramas vacíos.
Ni bien se le terminaban los pentagramas, subía a la Habitación de Las Sobrinas para recomponer energías, descansaba un ratito en alguna de las camas, se inspiraba nuevamente con el color violeta, pegaba dos o tres chillidos de ratón y volvía otra vez a trazar con tiza, notas de música coloreada en el suelo y en las paredes.

Su actividad era febril, inagotable e igualmente contagiosa que la de sus otras hermanas

Podía componer cualquier cosa en materia vocal y para cualquier tipo de instrumento, registro o estilo orquestal. Lo podía hacer en un tiempo inusualmente rápido, con enorme talento y nunca se repetía. Esto para ella eran juegos de niños.
Su interés era mucho más personal.

Podía componer canciones marineras con olor a mar y bailes para giros acrobáticos sin bailarines; armaba diseños de coros de cincuenta integrantes y para múltiples voces, donde cada voz dialogaba con los otros integrantes en susurros, conversaciones, chismes y carcajadas, que en conjunto sonaba todo como una voz tranquila y solitaria.

Melodía llegó a componer una famosa Oda Elegíaca para el Fuego con las notas de los violines y arpas del Agua , a los que agregó los valores pianísticos de la Tierra que cantaban con las voces del Aire y el instrumentar de los cornos , contrabajos y chelos del Viento.

Dependiendo del oído del mirar, en sus composiciones se podía escuchar o no: el asombro, la nostalgia, lo maravilloso, la sorpresa, la estupidez o el disparate.

Cuando yo la conocí, estaba investigando con improvisaciones y variaciones transparentes sobre el silencio, el cual ella decía era el reto más sutil e importante de su carrera.

Todos están de acuerdo en reconocer que la personalidad y el talento de Melodía era el más interesante de las tres hermanas; incluso muchos sospechan – yo me incluyo entre ellos- que Melodía era la predilecta de la Señora.

V

Sucede que en algún momento de sus visitas, las tres muchachas coincidían en algún día de la semana o del mes, y este era el momento tan nerviosamente esperado por la Señora para aprovechar en reunión familiar a todos y a cada a uno de los talentos musicales.

Una cosa está clara, si ya estaban presentes sus hermanas y hasta tanto no llegara Melodía, el palacio era un centro caótico y confuso de sonidos, ruidos, correteos taconeantes, afinamientos de instrumentos, bailoteos contagiosos y tensiones de seres y de cosas.
Ni bien llegaba Melodía, había que esperar a dos o tres chillidos de ratón y que aquella muchacha tan artista terminara con su tarea de composición.

Todo el palacio parecía contener la respiración.

Si uno estaba atento se podía escuchar el tic- tac del reloj del gran salón de Recibo con su cara de viejo dorado bostezante y el tintineo nervioso de las tazas de té que no se podían contener de la emoción.

Según este viejo reloj, podían pasar de dos a tres horas, luego Melodía se recogía su largo cabello platinado, se hacía otra vez el rodete, miraba de perfil como las monedas antiguas y entonces comenzaba el nuevo orden del palacio.

A una señal imperceptible, subían las cuatro mujeres a los gritos y a las corridas de felicidad por la escalera de xilofón y llegaban hasta el Salón de Música.
La Señora se subía a un banquito y colocaba en un atril la partitura recién compuesta. Rapsodia se sentaba en el piano a las risas. Sinfonía tomaba el chelo , ajustaba unos acordes armónicos con su ultra voz y Melodía chillaba ratonilmente a más no poder de entusiasmo , mientras se limpiaba los lentes de murciélago y ajustaba los valores de los violines para dar el tono.

Sonaba un toc-toc-toc de la varita de dirección que esgrimía La Señora.

Le seguía un momento de silencio y otro de concentración.

Luego comenzaba aquello maravillosamente indescriptible.

Era como un despertar largamente anunciado, el comienzo lento y secreto de una tormenta en una noche de verano; cuando sopla una brisa fresca alrededor de todas las cosas calientes y uno palpa, ausculta sobre la tierra húmeda que algo arde en el interior de las semillas.

Los primeros sonidos se despabilaban, abrían el alma de sus ojos ante la nueva composición, entablaban un diálogo secreto entre ellos, murmuraban bajo, disimulaban, luego se ponían de acuerdo y comenzaban a girar en rondas alrededor de las damas musicales y las nubes oscuras.

Siempre dirigiendo con un toque de la batuta, La Señora abría las puertas y ventanas del Palacio. Con otro toque se encendían los candelabros del Salón de Recibo y los ángeles y los retratos de obispos y de papas se animaban, comenzaban a moverse lentamente, descendían de sus pedestales. También hacían lo mismo los jarrones persas, el reloj bostezante, los juegos de té, los ramos de calas, todos bajo el revoloteo nervioso de las mariposas con alas de lentejuelas.

Paso a paso, La Señora y sus sobrinas y un largo desfile de seres del imaginario y de objetos se dirigían en procesión hacia el jardín, donde conformaban un gran círculo entre las sombras de los Sicomoros Azules y la tormenta.

Comenzaba a llover.
Vertical y hacia arriba, en el cielo, se formaba un nudo oscuro y apretado que iba disolviéndose en forma de manchas de transparencias y de luces.

En medio de esas luces había voces intermitentes de cuerdas teclas, bronces y maderas que llamaban.
Y todo lo que sabía callar llamaba. Y todo lo que tenía voz llamaba.
Y todo lo que sabía escuchar llamaba en medio de la tormenta y los nardos de la noche.

La Señora, concentrada, rígida y muy seria daba indicación orquestal de comienzo.
Se apagaban todas las luces en lo más oscuro del cielo.
Luego se oía un bramido sordo, un grito eléctrico, breve y destemplado como un rayo.

Entonces aparecían siete esferas de cristal en el cielo espumoso de tormenta.

Y adentro de esas esferas había siete planetas de fuego que entonaban un cántico melodioso.
Y cada esfera tenía un círculo de alas y cada planeta tenía un círculo fosforescente de manos que se tomaban entre sí.
Y todo esto giraba como una gigantesca rueda ígnea rodeada de voces e instrumentos musicales, mientras toda cosa viva y toda cosa inerte danzaba, cantaba La Música de los Astros en el Firmamento de la Noche.

Ariel Mastandrea.