lunes, 23 de octubre de 2017

Nacimiento del Elfo Cartujo y el Libro que nadie sabía leer.

Ariel Mastandrea


El Elfo Cartujo nació al lado de los alcauciles violetas, entre las mandarinas de octubre, cuando nada hacía sospechar tanto calor y las magnolias se estaban probando sus vestidos de fiesta para asistir al Gran Baile de Presentación de Señoritas.
Había muchos preparativos y serios trabajos por ese entonces, ya que ésta es una de las grandes festividades del Bosque Secreto.
Todo el mundo planchaba sus trajes, se bañaba dos veces con jabón de caramelo y se peinaba como sólo se pueden peinar los seres del mundo de las hadas, muy desprolijamente y con cintas, intentando lo imposible.
Las azucenas zurcían sus velos de novia, las arañas no daban abasto con sus tejidos de seda de macramé y El Viento andaba un poco preocupado soplando de aquí para allá porque quería encontrar una moneda de oro que se le había perdido.
Para colmo de males hacía tres días que a las luciérnagas se les habían apagado cinco de sus doscientas treinta y cuatro linternitas.
Hacía mucho calor en ese mes. Y no llovía.
Cuando parecía que llovía, no llovía; caía algo azul con forma de notas musicales que formaba como un ronroneo en el alma.
Era una música extraña y tan desafinada, que no ayudaba a crecer, solamente ayudaba a bailar.
Algunos dicen que muy mal.
-Porque cuando uno baila así, no crece, ni tose, ni se casa - decían los juncos solteros, meneando sus caderitas muy contentos desde una orilla del río.
-Solamente baila así –respondían las lirias amarillas desde la otra orilla, marcaban a las risas el compás para no perder el ritmo desafinado.
En medio de esos romances de mentira, se veía pasar a las nubes.
Cada tanto una y cada tanto otra, pero ninguna se quedaba para hacer llover. Ninguna traía su balde con confetis rellenos con dulces de agua.
Primero pasó una muy gorda y con sombrero de paja , al ver a tanta gente allá abajo le dio vergüenza , saludó un poco , pidió disculpas y después se escondió detrás de un duraznero para disimular.
Pero le quedaba chiquito...
Después pasó una nube con cara de no saber a dónde ir , al rato pasó otra con cara de sí saber, muy apurada y con cartera roja .
Las dos se encontraron en una esquina del cielo, se tomaron del brazo y siguieron conversando muy bajito, quién sabe de qué, hasta el horizonte cansado.
Y nada.
Que no llovía.
Y seguían cayendo notas musicales.
Se formaban charquitos de solfeo.
Un ronroneo por todos lados.
En casos así, uno se da cuenta que es muy difícil hacer lo que uno tiene que hacer, no hay compás que aguante y se pierde el ritmo de las cosas.
El Hada de las Lilas, que tenía que coser mucho, no le embocaba al tamaño de los ojales de las pecheras de los petirrojos y los bombones de anís se habían vuelto bizcos porque no encontraban cómo prender los trajes de lentejuelas de las cigüeñas rosadas.
A las seis de la tarde las margaritas amenazaron con no asistir a la fiesta.
Estaban muy ofendidas porque se habían olvidado de invitarlas.
-Cómo es eso de que se olvidaron de invitar a las margaritas!- dijo la Nutria Salvaje , sacándose los lentes muy enojada y dejando a un costado unas agujas de crochet y unas lanas .
-A ver quién tiene la culpa? –agregó, mirando con sus amenazadores ojos miopes.
El tejido que tenía entre las manos se hizo un nudo verde a la altura de la garganta, intentó hacer un dibujo por su cuenta y no pudo, tragó saliva.
No era que se hubieran olvidado de invitarlas.
La culpa la tuvo El Caracol, que hacía de cartero por ese entonces y había perdido la cartita escrita con tinta de limón en una de sus vueltas lentas.
Desde ese día usaba una bufanda de hojas de tilo para abrigar la tos de su dolor, se la pasaba encerrado en su casita redonda y no salía a saludar, se quedaba a conversar consigo mismo por teléfono.
Todos eran augurios negativos.
A nadie se le ocurrió que podía nacer un elfo en estas circunstancias.
Ni siquiera se percataron las hadas que para ese entonces andaban muy atareadas en la confección de farolitos rojos para adornar la noche. Nadie lo pensó.
Y mucho menos el Hada Cartuja- que es la encargada de proteger a los elfos - tenía desde hacía días dolor de muelas y se escondía entre los yuyitos para que no la vieran con su carita hinchada de nácar.
-Va a pasar algo –dijo la Lechuza- algo importante.
Como todo pasa y todo es importante, a nadie se le ocurrió prestar mucha atención a la Lechuza .
Cuando una rosa estornudó y se puso a llorar de la impresión, allí fue que nació ; entre el tiritar de las mandarinas de octubre y los alcauciles violetas .
Como todos los elfos, el Elfo Cartujo ya vino con su violín bajo el brazo, sus escarpines a rayas y su traje de terciopelo con botones de caracoles.
Todo perfecto, en verde y en elfo, con pipa, pijama haciendo juego y sus guantes.
Pero éste elfo trajo algo más cuando nació, algo extraordinario y único: un libro que nadie sabía leer.
Era un librito chiquito, con un trébol bordado en la tapa y que nadie sabía leer.
-Qué cosa más rara - dijeron las hadas - un elfo con un librito que nadie sabe leer!
Ni el elfo sabía, y eso que los elfos lo saben todo, ni bien nacen.
-Aprenderé - dijo - Siempre hay tiempo.
-Y en cuánto tiempo?- preguntaron las hadas , muy curiosas.
-En mi propio tiempo -dijo.
-Qué cosa más rara, un elfo que tiene su propio tiempo!
Eso dijeron, repetían.
Y nadie se acordaba de semejante disparate.
Ni siquiera las hormigas viajeras que son las más visitadoras y memoriosas de las criaturas del Bosque Secreto.
-No hemos visto nada parecido a esto - decían - ni en Este Lado ni en el Otro Lado, ni en el Lado que No se Ve.
El libro que nadie sabía leer despertaba mucha curiosidad.
Inmediatamente ocupó el lugar de interés de todos, incluso más que el Gran Baile de Presentación de Señoritas.
-Quién escribe un libro que nadie puede leer? Qué cosa habrá que pueda contar que no sabemos? - se preguntaban.
Pero nadie sabía la respuesta.
Y comenzaron las especulaciones.
-Será que no sabemos leerlo o que no podemos?- decían las hortensias pensativas , le preguntaban al elfo muy circunspectas y juiciosas .
-Yo no sé - decía el elfo - yo sólo lo traje.
-A lo mejor, si empujamos al Querer Poder, podremos llegar al Saber Leerlo - le decían las comadrejas rojas a coro, le preguntaban al elfo escarbando, escudriñando cosas entre la tierra oscura y sus enigmas.
-Inténtenlo - decía el elfo - a lo mejor pueden.
Pero nadie podía descifrar aquella escritura tan extraña y bonita.
La observaron durante mucho tiempo.
Al final se percataron de que más bien parecía dibujada, pero no era eso.
Más bien lo otro.
-Cada letra parece una canción - dijo el Conejo Blanco de Todos los Días.
-Y cada oración una idea - dijo la Retama Amarilla.
-O por lo menos una idea que se parece a algo- agregó la Oruga Blanca. Y lo dijo como al pasar, como no queriéndolo decir; después cuando se dio cuenta de lo bien que había estado y de que a partir de allí todas las cosas iban a quedar como perfumadas, agregó:
-Como una idea que no se sabe de dónde viene, pero que ahí está.
-Exacto -dijo La Flor Azul del Pensamiento- Ahí está a la espera de poder descubrirlo.
Qué maravilla !Un libro que estaba esperando a ser leído y lo había traído el Elfo Cartujo. Era eso!
-¿Y cómo espera un libro a alguien que no sepa leerlo?-preguntó el Papagayo Brasilero que vendía chocolatines de contrabando desde su rama.
-Sonriendo, sentado y escuchando - contestó la Alondra Escocesa, muy práctica y ahorrativa vigilando su alcancía desde la rama de enfrente.
Esas eran las conversaciones importantes en los días y horas previas al Gran Baile de Presentación de Señoritas.
Y no llovía y seguían cayendo notas musicales.
Uno tenía que andar barriendo esas cosas azules, glisantes y en desuso.
Daba mucho trabajo, hacía mucho calor lleno de ronroneos.
Y el elfo? Qué hacía el elfo mientras tanto?
Se la pasaba sentado encima de los grandes hongos de leche que circundan el Estanque donde se asoma La Luna de octubre para pintarse su lunar.
Parecía muy triste y pensativo afinando las cuerdas de su violín.
-Es un elfo filósofo- sentenció la Lechuza –ya van a ver, sólo eso nos faltaba!
Pero como el mundo está lleno de elfos, de filósofos y de cosas que faltan,
nadie le prestó ninguna atención a la Lechuza.
Cuando La Luna de octubre llegó a su cenit, todos pudieron admirar su recién estrenada capa fosforescente de plata . Las estrellas tintoreras habían hecho muy bien su trabajo, con mucha paciencia lograron bordar todos los signos zodiacales con polen de los sueños para que se viera de lejos.
Fue entonces cuando La Luna hizo como una señal.
El Elfo Cartujo colocó muy tranquilamente el librito que nadie sabía leer en una piedra cercana, lo abrió en una página, tomó su violín y pareció escudriñar algo en el interior mismo de todos los misterios.
Luego con el arco marcó un acorde perfecto.
Y luego otro que le respondía, y luego otro que le conversaba, que acariciaba el rostro de lo que se escuchaba como nadie nunca había acariciado lo escuchado.
-Ya sabía yo – dijo La Lechuza – un elfo de los que saben tocar el violín.
Nadie se dio cuenta cuando los sauces verdes del Río comenzaron a hacer cosquillas con sus largas cabelleras a los pies de la dormida superficie del río. Desde el interior, desde lo más oscuro de la simiente del agua, algo se conmovió, un montón de bracitos de agua que se agitaban, se estiraban hacia la superficie del despertar.
-Estoy afinando el violín....– dijo el Elfo Cartujo.
-Lo que les dije – dijo la Lechuza –un elfo filósofo que encuentra su propio tiempo afinando su violín.....
Alguien frunció el ceño, chistó y se hizo un silencio respetuoso.
La Luna tomó colocación en el firmamento y un grupo de estrellas nodrizas arregló su vestido de madreperlas, le colocó la capa y acomodó como pudo aquella larga cola.
Alrededor se fue formando un séquito de Astros Cancilleres y Obispos Zodiacales, Damas, Caballeros, Alfiles y Escuderos de los Sueños, todos muy juntos, antiguos y atentos.
Hubo murmullos, caras asombradas que se asomaban desde todas las ventanas iluminadas en amarillo .Caras de rata y de pájaro, caras con narices, con ojos desmesurados, caras de muñeca y de flor, caras pintarrajeadas con enormes pelucas y sombreros, todas boquiabiertas.
Sonaron unas trompetas, unos cornos lejanos.
La Luna ya estaba pronta, tosió discretamente y miró de frente.
-Ya es tiempo –dijo el Elfo Cartujo- es tiempo de comenzar....
Se paró muy rígido y serio frente a el libro que nadie sabía leer, respiró profundo, golpeó con el arco varias veces la piedra y luego.....luego.
Hubo un acorde majestuoso de címbalos provenientes de lo más profundo de la noche, un acorde de al que le siguió un cántico de violines y de laúdes, un cantar de voces de flautas, de arpas que llamaban, que respondían, que preguntaban y dialogaban desde lo líquido de la sustancia del Cosmos.
Las notas musicales que habían estado durmiendo y cayendo desde hacía días comenzaron a incorporarse desde el azul de su letargo dormido, formaban rondas tomados de las manos y zigzagueaban en un movimiento ascendente hacia la noche.
Fue entonces cuando desde todos los lugares del Bosque Secreto comenzó a salir una muchedumbre entusiasta de personajes vestidos de gala que se dirigían con antorchas al Estanque de la Primavera.
Eran grupos compactos que correteaban, se arremangaban sus grandes trajes de crinolina, se sujetaban los sombreros y se apeñuscaban entre el gentío de máscaras y el humo. Iban en triciclos, en grupos de a pie, en zancos, subidos a carros atestados tirados por caballitos de mar; corrían gritando, aleteando, a las risas, empujaban por llegar.
Mientras el cortejo de la Luna de octubre avanzaba lentamente sobre el firmamento, hubo un redoble de tambores, un resonar de gaitas lejanas y se abrieron con algarabía las puertas de bronce del Gran Teatro de los Sueños.
Y se formó una larga cola que serpenteaba alrededor de la sombra del rocío.
Y fueron entrando uno a uno con su entrada de néctar.
Como pudieron todos fueron tomando su lugar en las plateas, en las tertulias, en los palcos, cada cual buscó su número de la suerte entre los nardos.
Al final hubo como un rumor de olas con campanitas, como un gran abrazo celeste en las orillas perfumadas del sueño.
La Luna ocupó entonces su lugar en el Palco Secreto, sacó de una bolsita su larga vista de plata; el Elfo cartujo desde su piedra, muy atento, levantó nuevamente su arco del violín; se apagó la luz de la sala...
Y bajo la luz opalescente de los geranios y crisantemos en flor, dio comienzo el Gran Baile de Presentación de Señoritas.
*
Te gustó? El Viento nunca pudo encontrar la moneda de oro que se le había perdido… pobre.
La fiesta estuvo lindísima.


Ariel Mastandrea

lunes, 9 de octubre de 2017

La Azucena de Miel. Por Ariel Mastandrea



I
A la Azucena de Miel le dolía el dolor.
Pobre, ella tan linda y perfumada le tenía que suceder cosa tan triste.
Se había levantado temprano ese día entre los juncos de Enero y en seguida se dio cuenta.
Sintió ese vientito leve por detrás que le llaman "Como que Sí, Como que No" y que empuja las cosas importantes.
- "El vientito aclarador ", pensó pensativamente la Azucena de Miel.
Sin esperar más se tomó la temperatura chupándose el dedo. En seguida le marcó.
Le dio en celeste, cosa que era difícil.
Le podía haber dado en amarillo, en blanco o en rosa, pero no, le dio en celeste.
Cuando da en celeste, es que en cualquier momento va a llover a un costado del alma.
Era tan preocupante que se siguió chupando el dedo, esta vez con más profesionalismo.
Un loro guacamayo contrabandista, que justo pasaba por allí volando y la vio, gritó:
-¡Una azucena chupándose el dedo, señal de que quiere comprar algo!
Bajó rápido para hacer su negocio. Saludó quitándose su galera a cuadritos, abrió la bolsa donde traía su mercadería y en seguida comenzó con voz chillona la venta:
-"Tengo todas las llaves para abrir la puerta de la buena suerte; collares para los lunares y cintas para atar la nostalgia; cartitas ya escritas para carteros y pañuelos ya prontos para saludar. Tengo un diente que se ha perdido; un dedal para bordar sin pincharse y una aguja que cose sola…."
Cuando iba a continuar con su innumerable lista de productos, ella lo interrumpió.
-Me duele el dolor y no puedo comprar nada.
El loro guacamayo contrabandista se sorprendió.
Por lo general a los que le duele el dolor resultan ser sus mejores clientes.
La miró fijo y luego con su experiencia de mundo le preguntó:
-Pagaste todas tus cuentas? Tienes deudas con remordimientos o estás en clearing existencial?
-No debo porque no he comprado nada últimamente - le respondió la Azucena de Miel.
-¿Cuánto tiempo es últimamente?- preguntó el loro.
- Mucho tiempo- dijo la Azucena de Miel.
-"Mucho tiempo sin gastar es mal negocio para el ganar"- pensó el loro guacamayo contrabandista.
Lo que más le molestaba era una primer venta fallida.
Traía mala suerte. Y era tan temprano.
Reflexionó un poco con su astucia de comerciante y al final le dijo:
-Seguro que has perdido algo y no te acuerdas, busca en tus bolsillos, a lo mejor encuentras alguna cuenta pendiente y por eso te haces mala sangre. Cuando pagues todo lo que debes, volveré.
El loro guacamayo, refunfuñando se volvió a acomodar su galera a cuadritos, metió toda su mercadería en la bolsa y partió entre las nubes recién manchadas de rosa de la aurora.
Tenía razón en parte.
Al final del dolor, allá en el fondo, escondido entre los bolsillitos de la suerte, la Azucena de Miel encontró una cosa pendiente.
Era un papelito en blanco, lo que quiere decir que es ese tipo de cuenta que no es ni una suma ni una resta y tenía esa transparencia que se siente después de saber que uno no tiene la culpa; y peor aún, uno se ha olvidado.
El dolor se le aclaró un poco, pero no estaba muy segura.
No se puede confiar en los bolsillitos de la suerte.
Y menos si uno tiene una fiebre en celeste que forma charquitos perfumados.
Se acordó entonces que su madre, la Azucena de Maicena le decía siempre:
-"Cuando uno tiene problemas, hay que trabajar para encontrar la respuesta."
Así que se decidió a trabajar, a hacer lo que mejor sabía hacer en su tarea de flor: perfumó.
Perfumó y perfumó solitariamente antes del amanecer.
En seguida le llovió un poquito al costado del alma, se formaron charquitos que la miraban, que le decían dulcemente en celeste:
-"Tu no tienes la culpa .Tu no tienes la culpa….."
Se sintió un poco mejor al sentir esas voces amigas que son los charquitos propios del trabajo reconfortante.
Pero no alcanzaba, igual le dolía el dolor.
Menos, pero le dolía.
Así estuvo durante todo el transcurso de la Aurora, entre las tinieblas que viajaban, iban por aquel dolor y venían, daban la vuelta y volvían.
-Me duele el dolor y yo no tengo la culpa, decía, languidecía la Azucena de Miel,
lloraba, formaba charquitos celestes perfumados.
II
No hay nada más raro, más hermoso ni más triste, que el perfume adolorido de una azucena de miel.
En seguida, al olfatear eso tan lindo, se fueron despertando poco a poco los más mañaneros de los habitantes del Bosque Secreto.
-¡La Deuda pendiente! –Dijeron a coro los Peces Dorados Japoneses que habitaban El estanque de la Primavera; lo reconocieron en seguida, se zambulleron en lo oscuro de la transparencia de Enero.
¡La Culpa pendiente! –dijeron, dieron sus explicaciones, burbujearon en japonés, chapotearon dando sus versiones de peces de grandes colas de gasa y de tul.
Pero como lo hicieron en su lengua dibujada nadie entendió nada.
Era demasiado dorado.
Y era demasiado temprano.
Recién comenzaba a despertarse El Día y todo estaba como recién inventado.
O antes.
En medio de la bruma, las cosas apenas se dibujaban solas y como no tenían goma de borrar, tenían que hacerlo de memoria; a veces se equivocaban y tenían que empezar de nuevo.
Al final, después de muchos intentos, todo quedó más o menos pronto y lo suficientemente pensativo como para poder despertarse de los sueños de la noche.
Se encendió una luz brillante.
Los habitantes del Bosque Secreto se desperezaban y abrían sus ventanas amarillas una a una; y otra y otra, cuchicheaban, sumaban, dividían, restaban de la situación, se equivocaban en la cuenta y ninguno se animaba a preguntar qué significaba aquel perfume tan raro de la mañana.
No sabían lo que es el dolor del dolor proveniente de la Azucena de Miel, que viene en esos frascos hermosos y antiguos de ámbar.
-Es un problema de deuda con culpa, dijo la Lechuza, muy segura en su sabionda experiencia.
-Es una culpa pequeña, con saldo y dolorosa, agregó la Retama en Flor.
-Es tan pequeña y por eso duele y es hermosa, subrayó la Anémona de la Siesta.
-¿Qué es la deuda ?- preguntó el Botón Azul de la Camisa a la Cuchara Habladora, que siempre fue un poco tonto al abotonar preguntas en el ojal de las conclusiones, pero muy despierto entre los primeros en despertarse ante la novedad.
- Ladeudaesesoqueseguardaenelpechocomounacondecoración, quedabonito y brilla - dijo la Cuchara Habladora con su voz chillona y que como todo el mundo sabe siempredicetodoloquepiensaynuncatuvopelosenlalengua .
-Pero a Nadie le gustan las deudas con culpas- dijo inmediatamente el Sicomoro Blanco del Sendero, que era como todos los Sicomoros, demasiado prolijo, miope y sensato como para poder comprender las diferencias de las tonalidades de las cosas importantes.
-Por eso , precisamente , Nadie No es Todos – aclaró la Cuchara Habladora – alosque lesgusta , lesencantanlascondecoraciones!
-Y cuanto más les gusta, más les brillan las condecoraciones en los supermercados – sentenció la Lechuza, que había estado escuchando sin decir palabra desde el principio, mientras arreglaba sus huevos pintados de verano adentro del nido mañanero.
-Ylopeores – dijo irónicamente la Cuchara Habladora– quealosquenoslesgusta, no lesbrillanadaenelpecho!
-¿Tiene que brillarle algo en el pecho?- preguntó el Conejo Blanco de Todos los Días.
- Precisamente – dijo la Lechuza – algo le tiene que brillar que sea bonito.
-¿Es necesario eso?- preguntó el Faisán Egipcio, mientras arreglaba sus hermosas plumas tornasoladas -Yo no tengo ninguna condecoración por deuda y mi pecho es muy bonito.
La Lechuza se indignó ante aquella presunción insolente.
-No estoy hablando de lo que está afuera, sino de lo que está adentro del pecho- dijo muy ofendida La Lechuza – de lo que se adeuda con dolor sin uno saberlo.
Y en seguida le dio la espalda a la situación.
Se hizo un silencio opaco entre las cosas que no se atrevían.
Al final tosió un poquito una observación:
-La Azucena de Miel tiene en su interior una culpa que perfuma dulce y triste en su deuda, tendría que encontrar la forma de perfumar otra cosa que no le duela – dijo el Conejo Blanco de Todos los Días.
Aquello fue muy inteligente de su parte, pero no alcanzaba para solucionar lo dulce y adolorido del dolor. No era una deuda convencional la de la Azucena de Miel.
-¿Será lo único que tiene para perfumar?- preguntó la Retama en Flor.
-Seguro que es eso – contestó La Araña Tejedora – seguro que es eso, continuó diciendo mientras tejía su telar de seda para que no se le escapara ningún poquito del néctar dulce del rocío de la Aurora; con eso después hacía unos caramelos a rayas que eran riquísimos.
-¿Y qué tiene que brillarle que no sea la culpa, si es lo único que tiene?- dijo sin darse cuenta el Botón de la Camisa, que por fin logró ojalar algo a su destino de botón inseguro.
-Ese es el problema- sentenció definitivamente la Lechuza – es demasiado temprano para encontrar la solución.
-"Nunca es demasiado temprano para eso "- pensó el Pensamiento Azul del Río.
Pero como todos los pensamientos son mudos en su azular, se quedó mudando en su tierrita húmeda y sin decir nada.
Así que nadie sabía como responder a este problema del perfumar adolorido de la Azucena de Miel.
III
Todos pensaron y pensaron mucho y como no tenían ni la más remota idea de cómo solucionar esto, al final se decidieron, fueron a preguntarle a las primas hermanas de las azucenas, las violetas, que como todo el mundo sabe, además de ser las más discretas, tímidas y escondidas de todas las flores, son las señoritas más estudiosas del Bosque Secreto, las más curiosas e inteligentes.
Golpearon suavemente a la puerta de sus frondosas verdolagas bajitas.
Como de costumbre nadie respondió.
Volvieron a golpear más fuerte. Y nada.
Y a golpear. Y nada.
Siempre era así, las violetas demoraban en contestar porque son muy tímidas y precavidas, no le abren la puerta a nadie si no lo conocen.
Y si lo conocen igual dudan, por las dudas.
Cuando se ocultan - que es casi siempre detrás de sus verdolagas bajitas- es que están estudiando, investigando alguna cosa.
Ni bien se enteraron pusieron el grito en el cielo, se llenó el aire de un perfume violetante de violetas.
-¿Un dolor del dolor- preguntaron a coro –y le llegó con el vientito "Como que sí, Como que No"?
-Exacto – respondieron los Sauces Llorones a un costado del Río.
-Exacto – repetían en sus murmullos de follajes el Ñandubay y el Cerezo de los Llanos.
-¿Y vino con una fiebre en el alma que da unos charquitos celeste?
– Exacto, exacto – susurraban las Olitas del Aire que iban y venían peinando los largos cabellos de La Mañana entre las aguas verdosas de Enero.
-¡Huy! ¡Que tremendo!- se escucharon varias voces a coro por detrás de las verdolagas.
-¡Huy! –dijo una violeta asomando la cabeza y volviendo a esconderla inmediatamente.
-¡Huy!- dijo otra que hizo lo mismo y como se equivocó al meterse de nuevo, perfumó más de la cuenta con aquel perfume violetante.
Hubo como un murmullo confuso .Después otro más claro que titubeó.
Lo confuso y lo claro dialogaron, en algún momento se pusieron de acuerdo y al final todo se volvió más transparente.
-Investigaremos, dijeron por fin a coro las violetas, muy nerviosas desde su timidez escondida.
-Encontraremos la respuesta, buscaremos una solución en nuestra biblioteca.
Esa era la respuesta que esperaban todos los habitantes del Bosque Secreto.
Le siguió un suspiro de alivio en la mañana que se mojó en el Néctar del Entusiasmo e hizo revolotear a miles de mariposas blancas alrededor de los limoneros en flor.
Todo parecía encaminarse hacia una solución.
Pero había que esperar un poco.
¿Cuánto?
Nadie lo sabía.
Dependía de las señoritas estudiosas que se esconden tímidamente entre las verdolagas bajitas.
IV
Sucede que las Violetas recurren para solucionar todos los problemas a su gran biblioteca.
Escondida de la mirada de todos, en lo profundo y en contacto con los grandes secretos de la Madre Tierra, hay una biblioteca que tiene la forma de una gran Nuez de Nácar con la boca abierta. Toda en blanco y con puntillas con canutillos de lentejuelas en los bordes.
Allí, en el centro, hay una sala con mesitas y estantes llenos de libros envueltos cada uno en un pañuelo de diferentes colores para protegerlos de la humedad.
Cada librito está en un estante y hay infinidad de estanterías alrededor de las mesas, todo formando como un laberinto con forma de flor.
Administrativamente es así:
Cuando hay horario de atención al público la Nuez tiene la boca abierta; cuando se termina el horario se cierra la boca con todos sus volados y festones; las violetas bibliotecarias ordenan, pasan el plumero y apagan las luces de las mesitas, colocan un cartel que dice:
"Mañana volvemos. Hay que Abrir para Saber." Y más abajo en letra pequeñita y muy prolija:
"Horario de atención al público según la Necesidad del Interés".
En ese nido de nácar de la sabiduría de las violetas se encuentran las respuestas a todos los problemas.
Y no es nada fácil leer esos libritos.
El problema principal es que hay preguntas que no se saben preguntar.
Y hay respuestas que dudan y no alcanzan a responder a nuestras necesidades.
También sucede que hay algunos que cuando llegan a encontrar las respuestas, la vida les cambia las preguntas, y hay otros que cambiando continuamente de vida no alcanzan a ninguna pregunta.
Para estas cuestiones interesantes están las bibliotecas, para saber hacer lo correcto estudiando estos problemas difíciles.
Y para eso están la bibliotecarias violeteras, para orientar a los que van a su biblioteca.
Así que estas señoritas se pusieron a trabajar muy prolijamente en su problema perfumado.
Según se dice fue así:
Las violetas comenzaron buscando primero en “Geografía” que era un pañuelo azul con un libro muy grande con gran cantidad de mapas marineros doblados cuidadosamente que tenían olor a sal.
Preguntaron dónde quedaba el “Dolor del dolor”.
Pero sucedió que no encontraron en los mapas, ni río, ni ciudad, ni montaña, ni valle, ni un océano de calles que les diera información. Ni siquiera el Mar que todo lo conoce y abraza conocía ese lugar. Ninguna brújula sabía de semejante dirección ni podía señalar el norte o el sur de ese territorio de tan curiosa sensación sin fronteras.
Buscaron después en “Matemáticas”, que era un pañuelo amarillo que contenía varios libritos con números que sumaban, restaban sin cesar y se oía continuamente como un murmullo coral de fondo que recitaba las tablas de multiplicar.
Algunos sacaban la cuenta muy bien, otros se equivocaban y tenían que empezar de nuevo.
Las violetas no tuvieron tampoco suerte allí.
No encontraron ni la ecuación ni la fórmula para saber cómo un Uno puede llegar a ser un Dos , así que era muy difícil que llegaran alguna vez a saber - por más que restaran, dividieran o sumaran cantidades infinitas- lo que era el Dolor en el estado simple del Cero.
.
Cuando le preguntaron al libro de la “Física”, que estaba envuelta en un pañuelo negro y fumaba continuamente un habano, esta señora alta y desgarbada en esos precisos momentos andaba muy entusiasmada con sus poleas y sus péndulos. Pero no estaba de muy buen humor .
La señora no consideró muy científico preguntar sobre sistemas que no se podían medir.
Y mucho menos se podía soñar en evaluar una sustancia que no se podía pesar.
-“¿Qué densidad tiene un charquito celeste perfumado?”- preguntó irónicamente en medio de un chistido, luego canturreó algo indefinido y continuó fumando y haciendo girar la noria alrededor de sus físicos molinos.
Con la Química tuvieron igual suerte negativa.
Sucede que esta buena señora, que siempre es muy solícita y aplicada, aunque lo intentó con mucho interés, el resultado fue una nueva fórmula incomprensible: D2 o d3= D1+ (1?) = (-1) que como se ve no aclaraba mucho en materia de dolores adoloridos.
Más bien lo contrario si no se sabe de química avanzada.
Como el mundo no es muy avanzado ni en química ni en ningún otra cosa, las violetas continuaron buscando.
Al final de tanto buscar y buscar, tuvieron suerte.
Fue así:
En algún momento encontraron al pañuelo de la “Filosofía”, que era blanco con muchos libritos interesantes que acariciaban.
Como a todo el mundo le gusta que lo acaricien, las violetas se demoraron un poco, se dejaron acariciar filosóficamente, charlaron un rato y luego continuaron con el color naranja del pañuelo del Entusiasmo.
Este pañuelo que es a lunares y con rayitas les mostró infinidad de libros interesantes.
……
Así dieron con el librito de la Psicología, que tenía muchas ganas de conversar sobre sus vidas privadas, pero por suerte, a las violetas no les gusta mucho hablar de sí mismas, así que siguieron directamente hasta "Síntomas del Corazón", que era un libro que estaba lleno de pañuelos de muchos colores que saludaban a todos los que pasaban por ahí.
Allí dieron con lo que estaban buscando.
Se abrió una puertita roja en la interioridad de la biblioteca con forma de Nuez de Nácar y entonces sonó un acorde con sonido de violín que puso muy contentas a las violetas.
Habían dado con la tecla.
Inmediatamente convocaron a todos los Habitantes del Bosque Secreto para dar el informe de su descubrimiento.
-El pecho de la Azucena de Miel está un poco seco , le falta un poquito del brote de Esperanza que la retoñe , por eso le duele el dolor- dijo una violeta que tenía una cofia nueva y como quería que se notara movió un poco la cabeza por delante de las verdolagas .
Al esconderse después, se arrepintió de su acto de valentía narcisista y lloriqueó de los nervios.
-¿Y cómo hacemos para solucionar ese problema de que le brote la Esperanza?- preguntaron los habitantes del Bosque Secreto.
-Hay que regarla – dijeron a coro las violetas por detrás de las verdolagas.
-¿Y con qué vamos a regarla? – preguntaron.
- Esa es la parte más difícil – respondieron unas vocecitas violetantes -le falta el Riego del Amor a su Corazón. Esa es su cuenta pendiente.
La Violeta de los Alpes – que es la Directora de la Biblioteca- tomó coraje, dio un paso al frente y asomó su cabeza pelirroja entre las verdolagas, dijo con voz clara y muy circunspecta:
-La soledad es un perfume dulce y raro que perfuma a la más hermosa flor.
Nadie tiene la culpa por eso, pero igual perfuma, deja en el pecho su tristeza y vuelve a perfumar.
Dijo esto tan sólo e inmediatamente se escondió de nuevo.
Se oyó como un largo suspiro de violetas y luego unos breves aplausos por detrás de las verdolagas.
V
Así que el dolor del dolor estaba relacionado con lo solo de la soledad.
Era eso.
Tan simple y tan difícil.
Recién entonces los habitantes del Bosque Secreto se dieron cuenta de lo solitaria que vivía la Azucena de Miel.
Vivía muy lejos de todas las cosas , entre los juncos y las Piedras del Río de Los Sueños que no son muy proclives a la conversación y ocultan sus secretos a las miradas indiscretas; a dos cuadras de los Pensamientos Azules que son mudos y siempre están muy concentrados y tristes , pensando en su azular .
-¿Qué cosa se les ocurre que podamos hacer? Preguntaron en rueda los habitantes del Bosque Secreto.
-Podemos ir a tejer los lunes y enseñarle el punto cruz y el punto carozo – dijo la Araña Tejedora.
-No creo que le interese el tejido – dijo la Ardilla del Sacramento Pascual- cada hilo solitario busca su destino en un bordado con otros muchos hilos. Ella solamente usa un trajecito de seda y éste está hecho de un solo hilo de pétalo rosa.
-Podemos ir a visitarla los jueves para tomar el té y hablar de cosas interesantes– dijeron las Hortensias.
-Las cosas interesantes ya no son tan interesantes cuando se perfuma en soledad- replicó con un suspiro la Ardilla del Sacramento Pascual.
-Podemos enseñarle a estirar su cuello para que se vea más bella – dijeron los Tulipanes elegantes.
- Nonecesitasermásbella – dijo todo junto la Cuchara Habladora con su voz chillona:
¡Sifueramásbellatendríamuchosmásproblemas!
-¿Qué se les ocurre entonces?
-Se nos ocurre Esto y lo Otro – dijeron los habitantes del Bosque Secreto.
Pero ni Esto ni lo Otro coincidían con el Sí y el No de la solución.
Más bien todo se ponía de acuerdo con el vientito aclarador Como que Si, Como que No, que es el que da las fiebres en celeste que causan dolor y que nunca aclaran nada.
No había forma de encontrarle respuesta al problema de la perfumada soledad de miel de la azucena. Nadie sabía cómo se regaba la soledad.
Todos pensaron y pensaron mucho, pero no encontraban nada.
Claro que siempre se lo puede seguir intentando, aún con las cosas imposibles.
Y también con las impensables.
-Habrá que importar bulbos de azucenas - dijo en un inesperado y salvador final la Lechuza.
Hubo como un momento de estupefacción general, luego surgió como un chillido:
-¡Yquesearápido , sinoestapobremuchachasenosvaaajardesoledadperfumada!- dijo a los gritos y todo junto la Cuchara Habladora- queporsuertenoteníapelosenlalenguaysiempredecíaloquepensaba.
Esa parecía ser la respuesta más aproximada.
Y había que apurarse.
Así que fueron unos delegados del Bosque Secreto – entre ellos el Conejo Blanco de Todos los Días y la Ardilla del Sacramento Pascual- a solicitar los servicios de los Hormigos Rojos Expertos en Computación.
VI
Como todo el mundo sabe, estos muchachos modernos viven a la sombra de los crisantemos en flor, en un nido muy grande, todo desordenado y lleno de enchufes, resortes, cables y botones de colores. Todo un lío muy grande con partes de alta tecnología.
Los Hormigos Rojos Expertos en Computación son muy sociales, siempre están dispuestos a ayudar al prójimo y se la pasan conectados con el mundo a través de los hilos transparentes y siempre frescos del Conocimiento de Todos virtual.
Por supuesto, la mayoría de ellos son o muy gordos o muy flacos. Todos usan barba, lentes, comen galletitas con queso, usan pantalones cortos con sandalias y tienen fama de ser irresistibles por ser tan extrovertidos y enamoradizos.
Ya Conocían el problema.
Sucede que precisamente en esa semana, estaban intentando negociar con las violetas la posibilidad de crear una Gran Biblioteca Virtual, pero tenían serios problemas con las inseguridades de estas flores.
No había forma de lograr acceso a la enorme colección de libros y pañuelos, ni había oportunidad de dialogar entre esas señoritas tan tímidas y escondidas con aquellos caballeros tan enamoradizos.
Ni bien golpeaban a la puerta los internautas, se desmayaban de la emoción las bibliotecarias por detrás de las verdolagas, que temían rendirse ante el empuje irresistible del perfume de las nuevas tecnologías.
No era para menos.
Hacía unas pocas semanas que estos enérgicos e inteligentes muchachos habían logrado un servidor que era una delicia, saludaba, contaba cuentos muy imaginativos y daba besos a todo el mundo que se acercaba.
Justamente ese día habían instalado para uso público, un precioso computador ámbar con su torre de marfil, su impresora de colores claros y su antena propia con forma de flor.
Era tan avanzada esta computadora que el ratón venía hasta con su gato y era tan potente que hasta tenía una memoria desmemoriada por si acaso, un disco duro que también era blando de corazón para las cosas enamoradas, e innumerables colecciones de imágenes animadas y con música perfumada para hacer más bonitos los emails.
Fueron ellos, Los Hormigos Rojos Expertos en Computación, los que colocaron el siguiente mensaje en internet:
"Se solicita importar bulbos de azucen@s para poblar desolado panorama perfumado.
El envío debe ser hecho a El Bosque Secreto, el Lugar Más Transparente del Día.
Se paga con Agua Fresca no contaminada y sin aditivos químicos.
Se aceptan tarjetas de Master Flower Point y Dinner Pink. Favor de divulgar este mensaje entre sus contactos para beneficio de una culpa no responsable de su dolorido perfumar. Muchas Gracias. "
Ni bien colocaron el mensaje y apretaron “Enviar” el correo le dio un beso al servidor, éste cantó en tirolés y silbó unos segundos.
Y ya estaba hecho.
La oferta era muy tentadora y sabían que iban a tener una respuesta.
A los tres días llegó a El Bosque Secreto una caja grande toda violeta y con estampillas dibujadas muy bonitas de Hong Kong.
En su interior había muchos bulbos de azucenas y azucenos todos mostrando sus cabecitas redondas y dormidas envueltas en delicado papel celofán.
Esa misma noche y sin que la Azucena de Miel se diera cuenta , La Lechuza y El Conejo Blanco de Todos los Días escarbaron la tierra fresca y plantaron muy cuidadosamente todos los bulbos alrededor de la flor adolorida del dolor.
VII
Pasaron siete días.
En el primer día salió muy brillantemente el sol y todo estaba tranquilo y bastante prolijo.
Cada cosa estaba en su lugar y como simulando que no estaba por lo ansiosa.
En algún momento, alguien muy nervioso hizo como un garabato en el aire, luego otro con un chistido seco, lo borró.
En el segundo día llovió y nada se escuchó.
En el tercero siguió lloviendo y llovió y llovió y cuando parecía que iba a escampar,
no escampó.
Así que fue muy difícil saber cuando llegó el día cuarto, o el quinto, porque en lugar de llover, lloviznó y algo tosió un poquito y empezó a cantar.
No se sabía qué cosa era ese canto por lo raro.
En el sexto día salió otra vez el sol y se sintieron unas vocecitas que cuchicheaban desde el interior de la tierra.
Recién al séptimo día, al despertarse los habitantes del Bosque Secreto, se dieron cuenta que el perfume mañanero había cambiado un poco y que ya no era tan adolorido en su belleza.
¡Que maravilla que era aquel perfume!
Fueron todos corriendo hasta donde vivía la Azucena de Miel.
Alrededor del nuevo Perfume de la Felicidad, había una rueda de pequeñas cabecitas de azucenas y azucenitos que acompañaban a la miel. Eran unos pimpollitos muy simpáticos y con muy buenos modales, sonreían a todo el mundo y se inclinaban respetuosamente con gracia para saludar.
Ni bien uno se acercaba para socializar, ya se tendían unos bracitos en busca de un beso.
Los que tuvieron la suerte de abrazar a aquellos pimpollitos, jamás olvidaron la tibieza y el perfume de esos besos blancos y rosados recién mojados por el rocío de la mañana de su nacimiento.
La Azucena de Miel en medio de su entusiasmo estaba un poco desconcertada.
Los pimpollitos hablaban en japonés.
Nadie entendía nada y había que tener mucho cuidado con los gestos , al menor movimiento brusco ya se ponía un pimpollito a lloriquear y luego le seguía otro y otro , hasta que era una rueda de llantos de pimpollos japonésicos.
Era bastante fácil cambiar el ritmo de las cosas, apenas bastaba con un simple beso en violeta, o unos cuantos mimos azuceniles con gusto a violín y ya estaba.
Pero igual había que cuidar los gestos inútiles.
La Azucena de Miel se puso muy nerviosa y se comenzó a chupar el dedo, cosa que hizo a los pimpollos desorientar más de la cuenta y en seguida comenzaron a lloriquear de nuevo.
Y cuanto más se desconcertaba la Azucena de Miel, más se chupaban el dedo y más lloraban los azucenitos.
Y lo peor fue que a ella le empezó a llover otra vez en celeste.
Poco, pero en celeste clarito a un costado del alma.
-Habrá que contratar a un traductor o a un profesor de idiomas – dijo dudando un poco La Lechuza.
-¡Queseaunprofesorazuceno!- recalcó La Cuchara Habladora-¡ Paraqueestosesolucionedeuna buenvez! ¡Novayaasercosaquenopodamosnidormirconelperfumedelosnuevosproblemasdela felicidadqueseavecina!
Y lo dijo todo tan claro, tan seriamente junto y a los gritos que a nadie le cupo ninguna duda ni discutió.
Así que fueron otra vez urgentemente a solicitar los servicios de los Hormigos Rojos Expertos en Computación.
VIII
Justo ese día, que era jueves, los hormigos ingenieros habían logrado mejorar aún más la memoria de la computadora de ámbar. Ahora ésta podía memorizar lo que iba a ser escrito mañana y a olvidar lo poco interesante de las faltas ortográficas del día de ayer.
Tenía tanta velocidad que antes de haber llegado a contactar con un satélite, ya éste había vuelto hasta con las gracias y saludos de los que aún no habían recibido nada.
Mareaba un poco, eso sí.
Era una máquina a la que había vigilar para que no se entusiasmara demasiado.
Pero para eso estaban los Hormigos Rojos Expertos en Computación.
No vacilaron ni un instante.
Inmediatamente fue lanzado por internet el mensaje siguiente:
"Urgente. Única oportunidad para profesionales inteligentes. Se solicita azuceno profesor de idiomas que sepa traducir del japonés. Favor de dirigirse a El Bosque Secreto en el Lugar Más Transparente del Día. Se paga sueldo con abono orgánico absolutamente natural y sin aditivos químicos. Abstenerse intermediarios. Se solicita difundir este material para beneficio de la cultura y el afecto de todos. Muchas Gracias."
La oferta era muy tentadora y muy práctica en estos tiempos que corren, sobre todo cuando va el email cantado en tirolés y todo se repite melodioso con un eco.
Al noveno día vieron aparecer por el sendero de los Sicomoros Azules a un personaje que venía con una valija.
IX
Todos están de acuerdo en que era muy estilizado.
-“Tiene un buen lejos y un buen cerca”- había dicho con su renombrada capacidad de síntesis - la Retama de la Siesta que fue la primera que lo vio llegar.
Era cierto.
De lejos parecía dibujado, de cerca parecía bordado.
Era un azuceno profesor japonés, licenciado en literatura que sabía muchos idiomas.
Todo un verdadero caballero, muy apuesto y perfumante, alto, con muchas ideas y muy prácticas.
Lo primero que hizo fue organizar un kindergarten , todo ordenado y precioso alrededor de los azucenos pimpollitos, e inmediatamente se puso a trabajar .
Y trabajó y trabajó. Con empeño, con arte profesional e imaginación.
Hizo que todos los pimpollos aprendieran a leer jugando con máscaras de colores, ensayar el abecedario con música, pintar con la risa los innumerables dibujos de la geometría y a cantar con las voces sonoras de las matemáticas.
Hasta logró, más adelante, representar obras de teatro de eso tan conocido por todos, que es el Teatro Si japonés.
Causaba estupor el ver las cosas tan sensibles y mágicas que lograba con sus discípulos.
Pronto la Azucena de Miel sintió que desde algún lugar algo le sucedía, no sabía muy bien qué, pero le gustó el sabor de aquello tan sorprendente que le hacía salir brotitos clorofilianos de entusiasmo.
Así que aplaudió, y tuvo que aplaudir y aplaudir.
Y siguió aplaudiendo por mucho tiempo hasta que casi se despetala.
Sucedió que la actividad del Profesor Azuceno japonés fue mucho más allá de lo previsto en su destino.
Era muy energético aquel licenciado en Letras, muy ejecutivo en sus tareas educativas.
Durante todo un año estuvo entrenando a los lirios amarillos, a las bromelias, a los narcisos, a los crisantemos y a los claveles rojos y blancos en las artes de la más moderna pedagogía para niños.
Al final logró toda una nueva generación floral de profesores de:
Matemáticas del Jugar, Filosofía de lo que Es Claro, Geografía de lo Importante, Historia de lo Honesto, Cosmografía de lo Azul, Gramática de lo que se Habla, Literatura Dibujada, Química de lo que es Sano, Gimnasia de lo Posible y Manualidades con Hule y Nueces.
Todo muy sensato y útil como se ve.
Los habitantes del Bosque Secreto estaban muy impresionados y contentos con aquel nuevo ciudadano emigrante que colaboraba tanto por la comunidad.
A partir del momento en que la Azucena de Miel se graduó con honores y formó parte del Personal Docente de la Infancia de Las Flores, no le sopló más el vientito aclarador "Como que Sí , como que No " de la soledad , dejó de chuparse el dedo para tomarse la temperatura y no le llovió más a un costado del alma en celeste.
Sintiéndose útil por fin en la tierra que la vio nacer, le llovió para siempre en rosado, que es el agua del espíritu y el perfume correcto para las Azucenas de Miel.
Desde entonces en el lugar donde antes había una sola flor, ahora hay infinidad, miríadas incontables de flores que perfuman pensativas, dialogan, crecen e iluminan con la interioridad de sus pechos dichosos los bordes frescos del Río de los Sueños.
Ariel Mastandrea.

lunes, 2 de octubre de 2017

El palacio de la Melodía por Ariel Mastandrea



En el palacio que estaba a un costado del camino de los Sicomoros Azules, vivía una señora muy antigua.
Tanto el palacio como la señora eran tan antiguos que ya estaban allí los dos cuando aún no había llegado nadie al Bosque Secreto.
Era una época tan remota, que todavía no se había inventado el día jueves, el color verde era más bien un amarillo pensativo, el Después no había llegado al Antes y las cartas se mandaban con palomas mensajeras a las que se perfumaba para que fueran bien recibidas y se las olfateara de lejos.

Los que conocieron a esta señora en persona, dicen que era pequeñita y delgadita, pero mirada de lejos, cuando se la veía oteando con su larga vista el paisaje desde uno de los balcones superiores del palacio, parecía alta, incluso muy alta.

A esta señora le decían simplemente La Señora, porque nadie supo nunca su nombre. Se sostiene – y no son pocos lo que insisten en ello – que hablaba poco con extraños, casi nada con conocidos y apenas lo estrictamente necesario con aquellos que eran de su confianza .Lo que sí está claro es que esta dama tenía serios problemas que la ponían muy nerviosa.

Sucede que siempre esperaba visitas.
Ese era su problema y su tarea.

Todo su esfuerzo, dedicación e interés se concentraba en preparar el palacio para que estuviera siempre pronto para recibir a quienes ella esperaba ansiosamente.
Como el palacio tenía muchas habitaciones y La Señora vivía sola, debía sortear muchos trabajos y no se cansaba con los movimientos de los plumeros, el sacudir de las alfombras y el fregoneo de escalinatas, alcobas y sótanos.

El palacio era muy singular en su arquitectura.

Visto desde afuera parecía más bien sólido, porque era de piedra cincelada con techos de pizarra y torreones con estatuas muy pesadas en los capiteles.
Ya desde adentro parecía más bien suave y blando, dada la proliferación de ventanales que lo llenaban todo de luz y el tapizado de las paredes y alfombras en sedas de tonos tornasol.

Era muy curiosa la percepción desde el comienzo, pues ni bien se entraba en el Recibidor , uno se veía reflejado en innumerables espejos , lo que daba la sensación de que le sonreía una muchedumbre asombrada, familiar y poco confiable desde el fondo.

II

Los que tuvieron el privilegio de conocer ese edificio se han puesto de acuerdo en describirlo innumerables veces.

Era así:

A la entrada estaba La Sala del Saludar que era de techo muy bajo para impedir las inclinaciones excesivas y más bien modesta para no impresionar demasiado.

Uno no podía pasar por esta primera instancia disimulando porque estaba mal visto , había que dar cumplimiento social y saludar como conviene .Para eso , esta sala estaba llena de sorpresas y buenas intenciones que se guardaban en una cajita verde de jade.
Podemos decir que lo que ocupaba más lugar en esa cajita, eran las buenas noticias sinceras y los adjetivos no muy costosos.

A esta sala le seguía El Salón de los Besos que era todo rosado y tenía catorce banquitos para que se sentaran los Catorce Diferentes Tipos del Besar.
El banquito numero siete era el más pequeño porque allí se supone que debía sentarse el Beso a Hurtadillas, que no necesitó nunca de ningún banquito y estaba allí por las dudas.
Este salón era usado por la Señora en esas estaciones indecisas en que no se sabe si reír o llorar, si abrigarse o desabrigarse; ella simplemente se sentaba allí a disfrutar de las fantasías de los besos que dudaban en hacer lo suyo, entre el calor y el frío de lo trastornado del almanaque del alma.

Entre la Sala del Saludar y el Salón de los Besos, había como un espacio que a modo de anticipo se había dibujado redondo.
Tenía una gran alfombra de seda bordados con faisanes y en un costado había un reloj de péndulo con carrillón.
El reloj era dorado y tenía cara de viejo con barba ; daba la hora en todos los idiomas , cantaba canciones tirolesas y bostezaba cuando no tenía nada que hacer ; lo que es cosa rara en un reloj que siempre tiene que estar atento sumando segundos y minutos a las horas indecisas .

Pero este reloj era muy precavido y trabajador, ahorraba energías, se aceitaba con aceite importado y a veces se adelantaba un poco.

Había algunas cosas en el palacio que se repetían y que eran muy observables.

Las barandas de las escaleras de los pisos superiores, los balcones que daban al parque, y la mayoría de los marcos de las puertas, tenían tallado un escudo con el emblema de la familia de La Señora, que era un clave de solfeo rodeada de tres liras.
También había por todos lados, estatuas de ángeles de mármol o de bronce de distintos tamaños tocando instrumentos musicales.
Había ángeles tocando la flauta, el violín o el arpa, ángeles bailando y ángeles cantando al compás de la zampoña o repicando panderetas.

Estas estatuas eran muy realistas, algunos señalan que hasta demasiado realistas.

En cualquier momento uno se podía encontrar con tres grandes perros terranova en el palacio: uno negro, otro blanco y el otro rojo, que deambulaban de aquí para allá.
Parecían ser tan nerviosos como su ama y había que tener cuidado con no tropezarse con ellos, y no es porque fueran peligrosos, sino que había que evitar la mirada de aquellos animales domésticos. Todos están de acuerdo en subrayar que la expresión de estupor perruno era tan insoportable, que frenaba cualquier interés del visitante en avanzar por el palacio.

En el segundo piso había tres cuartos que tenían cada uno: una cama pronta, un roperito, un tocador y una silla. Se las llamaba las Habitaciones de las Sobrinas y eran todas en color violeta, porque La Señora decía que el violeta es "El color inteligente que inspira la improvisación".

En una de estas habitaciones estaba el famoso “Arcón de los Gestos Inútiles”, que era una colección de joyas extraordinarias en forma de diademas, collares e infinidad de anillos de oro con piedras preciosas, prendedores y adornos exóticos heredados por toda la familia de la Señora. Se guardaban allí, porque nunca ninguna de las damas que habitaron el palacio usaron esas joyas.

Pegada a estas habitaciones estaba el Salón de Música que era el más grande de todo el palacio. En el centro había un piano blanco de concierto y a un costado, sobre una mesa bajita china, se podía observar un florero con un gigantesco ramo con mil y una calas siempre frescas.

Este salón tenía todos los instrumentos musicales que se conocen, incluso los desaparecidos de la memoria del uso de los hombres, los que aún no se han inventado e incluso los que nunca se va a inventar.
Todos muy bien afinados y lustrosos allí estaban, prontos para el instrumentar.

Hacia el final del segundo piso y siguiendo por un largo corredor con retratos de vetustos personajes inventados al óleo – entre los que encontraban muchos arzobispos, papas y emperadores - se encontraba La Sala de los Suspiros.

Era de forma sin forma, estaba tapizada en seda carmesí y era para suspirar.

El suspirar es una tarea de los tiempos felices , cuando uno tiene tiempo para observar el color del aire de la tarde y si mira tranquilamente hacia el horizonte se puede ver hasta siempre ; por eso tenía una forma que se adaptaba a las circunstancias del mirar pensativo.
Tenía tres ventanas ovales muy grandes con vitrales de colores que daban al parque de los cisnes de cuello negro y era usado para descansar de las largas jornadas musicales;
también para esos días asombrados con luz de eclipse o para los interminables sueños de las noches de verano en que no se podía dormir.

A un costado, sobre una mesita y en un soporte, había dos loros guacamayos azules, uno al lado siempre del otro, uno vivo y el otro disecado, pero no se sabía cuál era cuál.

Un lugar poco frecuentado por la familia de la Señora y sus visitantes era el Salón de las Ciencias Inexactas que tenía una puerta de cristal y quedaba en medio del rellano entre el segundo y el tercer piso.
Allí, ordenados racionalmente, había: un frasco con fetos, un cesto con sesos y una fuente con dátiles. También en el mismo orden y sobre un anaquel un poco más alto, se encontraba el Espejo de los Egos Alternativos junto a las Flores de Bach y los Pájaros de Mozart.
Este salón, si bien era poco visitado, no permanecía cerrado, la puerta de cristal permanecía siempre semi abierta y parecía intentar favorecer cualquier entrada furtiva.

Ya en el tercer piso, subiendo por una escalera de caracol que semejaba un gran xilofón, estaba el Salón de la Nada, que era un amplio espacio blanco donde en las paredes estaban dibujados grandes pentagramas vacíos.

Finalmente , sin contar los innumerables sótanos , cocinas , baños , altillos , recovecos -y dando como un respiro a las extensas superficies del mirar - estaba el Corredor de las Despedidas , que daba al fondo del palacio .

Era muy amplio y con la claridad de los ventanales del decir adiós; tenía varios estantes a un costado donde había muchos pañuelos ya prontos para el llorar y una serie de sobres para carta y papeles en blanco, donde uno podía escribir las cartas melancólicas de despedida, muy prolijamente y aún sin haberse ido; lo que era visto como de muy buen tono social.

Como se ve, era tarea ardua mantener semejantes superficies siempre libres de la humedad y el deterioro, la tierrita leve que siempre se acumula y el descuido de todos los días.
Lloviera o saliera el sol, hubiera bruma alrededor de los sicomoros, tifones en
los cielos, cayera granizo o simplemente no saliera la luna , el palacio tenía que estar pronto para las visitas de La Señora.

Que no eran muchas como pudiera suponerse.
Sino solamente tres.

III

La Señora tenía tres sobrinas llamadas: Rapsodia, Sinfonía y Melodía.

Estas muchachas solían visitarla y ella disfrutaba mucho de largas veladas en su presencia.
Sucede que el raro talento de estas jóvenes en el arte musical parece que favorecía una espera tan ansiosa.

Las tres visitantes llegaban siempre en horarios distintos, en diferentes estaciones del año, nunca llegaban juntas y jamás se anunciaban.
Por eso era que había que esperarlas con mucha precaución.
No cabían las sorpresas en el mundo tan afinado de la Señora; ella se encaramaba a los balcones del palacio y provista de un larga vista, oteaba el paisaje día y noche, tratando de descubrir de lejos la llegada de alguna de sus amadas sobrinas.

Era tanta su predisposición para la espera y el nerviosismo, que cambiaba de mirada y de balcón cada día.

El palacio tenía cinco balcones que daban al exterior.

El Balcón del Lunes era muy varonil y discreto, la informaba con voz de barítono de la ruta del río y del caminito de las horas entre las guayabas y los Sicomoros Azules.
Era poco confiable este balcón, porque según decía La Señora: “No se puede confiar en la mirada de alguien tan reservado. El buen mirar admite siempre sospechas femeninas”.

El Balcón del Martes, tenía poltrona y almohadón, era el más cómodo, sincero y era el más chiquito. Continuamente se la pasaba contando cuentos que se inventaba a sí mismo .Tenía forma de O , usaba chupete y la informaba de lo que pasaba por la Cañada Dormida, que era donde estaba el extraordinario bosque de calas que surtía a La Señora de sus flores favoritas .
Como los cuentos de este balcón eran muy interesantes, había que tener cuidado de no distraerse y concentrarse en las direcciones del mirar.

Digamos que formando como un codo, entre las grandes santa ritas rojas y los jazmines estaba el Balcón de Los Días que Faltan, que daba sobre la Cañada Despierta.
Como ese lugar siempre estuvo lleno de esas mariposas revoloteantes que llaman Cleo de Merode - las que tienen alas bordadas en lentejuelas y ojos negros pintados con rimel - desde ese balcón poco o nada se podía observar , pero siempre coincidía con algo imprevisto e importante que pasaba fugazmente.

Por lo demás no había problemas , el Balcón del Sábado y el del Domingo eran muy prácticos porque era uno doble , como en un matrimonio ; así que La Señora no tenía que hacer ningún movimiento , sólo había que cuidar de no marearse y no escuchar nada , se corría un poquito para no inmiscuirse en discusiones familiares y apuntaba con su larga vista en las direcciones que le faltaban .
Que eran muchas y muy indiscretas.

Una cosa irritaba mucho a La Señora.

No era tanto las largas horas de espera, ni el trabajo de mantener siempre pronto el palacio para las visitas, sucede que generalmente la llegada de sus sobrinas no coincidía ni con el día de la semana ni el balcón.

Siempre la sorprendían sus amadas sobrinas y ella no sabía cómo remediarlo.

IV

Estas tres muchachas eran muy talentosas en sus respectivas especialidades musicales.

Rapsodia era pelirroja , más bien gordita y muy bajita , toda sonriente y pecosa, llegaba alborotándolo todo , generalmente en el verano y especialmente los lunes , porque , como ella decía , le gustaba “ Iniciar todo como una fiesta , incluso la semana”.
Venía cubierta de regalos y valijas llenas de vestidos y sombreros de colores claros a la moda; siempre a las risas, con una alegría y una gracia que lo contagiaba todo.

Rapsodia usaba unos zapatos rojos con plataforma y desmesurados tacos altos para disimular su altura. Dominaba el clave, el órgano y el piano. A veces, cuando el calor marchitaba las magnolias de febrero, también tocaba la viola da gamba y las flautas dulces y saladas.

Su especialidad era el baile.

Lo hacía con tanto entusiasmo que nadie podía resistírsele.
Tenía una especie de encanto o energía transmisible que trastornaba a los seres vivos y a las cosas.

Ni bien ella comenzaba a bailar, todo el mundo no se podía contener y bailaba.

Y no sólo La Señora o las sobrinas bailaban. También lo hacían los tres grandes perros terranova del palacio; el viejo reloj bostezante con las cucharas y las tazas de té de las cinco; los tres gatos amarillos de porcelana bailaban con los faisanes bordados y las estatuas de todos los ángeles músicos de mármol con los de bronce.
Hasta los jarrones persas del Salón de las Despedidas hacían lo que podían con alguno de los fetos disponibles. En su propia mesita los dos loros guacamayos, el que estaba vivo bailaba con el que estaba disecado; los sillones y hasta los cuadros y las alfombras bailaban entre sí.
Todo esto sin contar a la infinidad de cajas con cosas olvidadas en los sótanos que bailaban con cosas que se encontraban bajo las escaleras , y los ratones del ático y hasta las arañas , desde sus guaridas, bailaban y se enredaban en sus redes de cristal como locas de entusiasmo ante la convocatoria de esta muchacha taconeante y bailadora.

Sinfonía era morocha, alta, muy pálida y más bien melancólica.

Vestía siempre de negro riguroso con un remate de moña verde y grande en la frente.
Llegaba generalmente en el otoño con los primeros fríos del mes de abril y era usual que trajera un baúl lleno de diapasones y metrónomos; todos estos instrumentos de oro o de plata con los que medía los tiempos musicales.

Tocaba el violín y el chelo con mucho cuidado no olvidando los detalles y se pasaba estudiando partituras de óperas italianas, porque según ella decía: “Es lo ideal para los solos de soprano ligera.”

Lo de ligera es un decir, porque Sinfonía era más bien una ultra soprano, lo más raro en materia de cuerdas vocales que se pueda encontrar.

A veces lanzaba unos sonidos graves que dejaban a los Catorce Besos del salón rosado, estupefactos y sin saber qué hacer con sus banquitos, los gatos se adormecían en sus sueños de porcelana y las mariposas Cleo de Merode quedaban extasiadas en el aire
y después no había cómo bajarlas con las escobas, pegaban unos gritos desesperados que causaban desilusión y al final quedaba todo el suelo regado de lentejuelas .

Si esta muchacha andaba de mal humor, se deshacía la moña verde y se concentraba con los agudos. Podía con gran precisión romper desde lejos las copas de cristal y también algunos de los caireles de las lámparas del gran salón de entrada con un solo grito agudo, frío y destemplado.

Ni qué decir del cesto con sesos.
Pero esto no era lo usual, Sinfonía era más bien de carácter tranquilo, generalmente tenía la moña bien ajustada en la frente y podía hacer cosas más sutiles y singulares con su canto.

Solía emitir sonidos que saludaban y otros que se despedían , sonidos que fantaseaban y otros muy realistas ; sonidos altos vestidos con levita y galera , o con forma de enanos con sombreros estrafalarios y sonrientes ; sonidos saludables que correteaban por los salones interminables y otros que se hacían los enfermos para no tener que hacer otra cosa.
Era inusualmente raro su registro.
Sinfonía podía sostener un Do hasta que caía melancólico -sin que nadie se diera cuenta- en los brazos de un Re enamorado y solía entusiasmarse inventando sonidos inconclusos que dibujaban signos zodiacales en el aire.
Con un Fa podía llegar a un Si y pasar a un Do sin interrupción, cosa que entorpecía, mareaba y podía poner fin definitivo a cualquier intento de coro que se podía improvisar.

Melodía era albina y se peinaba con un alto rodete.

Vestía anticuadamente y usaba lentes con forma de murciélago y aplicaciones de strass.
Podía llegar en cualquier época del año o en cualquier día de la semana y siempre traía una valija llena de libretas y papeles en blanco.
Esta muchacha era muy práctica, muy decidida y amaba la espontaneidad.
Lo único decididamente extravagante de su personalidad era que cada tanto emitía una especie de sonido agudo muy parecido al chillido de un ratón.

Ni bien llegaba al palacio, y para entrar en confianza, se deshacía el rodete y su largo pelo platinado llegaba hasta el suelo, abría la valija, sacaba los papeles y en seguida se disponía a componer.

Porque Melodía era compositora, una gran creadora de música.

Escribía y escribía y cuando se le acababan los papeles, inmediatamente subía al Salón de la Nada, sacaba de una bolsita -que siempre traía atada a la cintura - tizas de colores y al rato llenaba con notas y variaciones de tiempos musicales los grandes pentagramas vacíos.
Ni bien se le terminaban los pentagramas, subía a la Habitación de Las Sobrinas para recomponer energías, descansaba un ratito en alguna de las camas, se inspiraba nuevamente con el color violeta, pegaba dos o tres chillidos de ratón y volvía otra vez a trazar con tiza, notas de música coloreada en el suelo y en las paredes.

Su actividad era febril, inagotable e igualmente contagiosa que la de sus otras hermanas

Podía componer cualquier cosa en materia vocal y para cualquier tipo de instrumento, registro o estilo orquestal. Lo podía hacer en un tiempo inusualmente rápido, con enorme talento y nunca se repetía. Esto para ella eran juegos de niños.
Su interés era mucho más personal.

Podía componer canciones marineras con olor a mar y bailes para giros acrobáticos sin bailarines; armaba diseños de coros de cincuenta integrantes y para múltiples voces, donde cada voz dialogaba con los otros integrantes en susurros, conversaciones, chismes y carcajadas, que en conjunto sonaba todo como una voz tranquila y solitaria.

Melodía llegó a componer una famosa Oda Elegíaca para el Fuego con las notas de los violines y arpas del Agua , a los que agregó los valores pianísticos de la Tierra que cantaban con las voces del Aire y el instrumentar de los cornos , contrabajos y chelos del Viento.

Dependiendo del oído del mirar, en sus composiciones se podía escuchar o no: el asombro, la nostalgia, lo maravilloso, la sorpresa, la estupidez o el disparate.

Cuando yo la conocí, estaba investigando con improvisaciones y variaciones transparentes sobre el silencio, el cual ella decía era el reto más sutil e importante de su carrera.

Todos están de acuerdo en reconocer que la personalidad y el talento de Melodía era el más interesante de las tres hermanas; incluso muchos sospechan – yo me incluyo entre ellos- que Melodía era la predilecta de la Señora.

V

Sucede que en algún momento de sus visitas, las tres muchachas coincidían en algún día de la semana o del mes, y este era el momento tan nerviosamente esperado por la Señora para aprovechar en reunión familiar a todos y a cada a uno de los talentos musicales.

Una cosa está clara, si ya estaban presentes sus hermanas y hasta tanto no llegara Melodía, el palacio era un centro caótico y confuso de sonidos, ruidos, correteos taconeantes, afinamientos de instrumentos, bailoteos contagiosos y tensiones de seres y de cosas.
Ni bien llegaba Melodía, había que esperar a dos o tres chillidos de ratón y que aquella muchacha tan artista terminara con su tarea de composición.

Todo el palacio parecía contener la respiración.

Si uno estaba atento se podía escuchar el tic- tac del reloj del gran salón de Recibo con su cara de viejo dorado bostezante y el tintineo nervioso de las tazas de té que no se podían contener de la emoción.

Según este viejo reloj, podían pasar de dos a tres horas, luego Melodía se recogía su largo cabello platinado, se hacía otra vez el rodete, miraba de perfil como las monedas antiguas y entonces comenzaba el nuevo orden del palacio.

A una señal imperceptible, subían las cuatro mujeres a los gritos y a las corridas de felicidad por la escalera de xilofón y llegaban hasta el Salón de Música.
La Señora se subía a un banquito y colocaba en un atril la partitura recién compuesta. Rapsodia se sentaba en el piano a las risas. Sinfonía tomaba el chelo , ajustaba unos acordes armónicos con su ultra voz y Melodía chillaba ratonilmente a más no poder de entusiasmo , mientras se limpiaba los lentes de murciélago y ajustaba los valores de los violines para dar el tono.

Sonaba un toc-toc-toc de la varita de dirección que esgrimía La Señora.

Le seguía un momento de silencio y otro de concentración.

Luego comenzaba aquello maravillosamente indescriptible.

Era como un despertar largamente anunciado, el comienzo lento y secreto de una tormenta en una noche de verano; cuando sopla una brisa fresca alrededor de todas las cosas calientes y uno palpa, ausculta sobre la tierra húmeda que algo arde en el interior de las semillas.

Los primeros sonidos se despabilaban, abrían el alma de sus ojos ante la nueva composición, entablaban un diálogo secreto entre ellos, murmuraban bajo, disimulaban, luego se ponían de acuerdo y comenzaban a girar en rondas alrededor de las damas musicales y las nubes oscuras.

Siempre dirigiendo con un toque de la batuta, La Señora abría las puertas y ventanas del Palacio. Con otro toque se encendían los candelabros del Salón de Recibo y los ángeles y los retratos de obispos y de papas se animaban, comenzaban a moverse lentamente, descendían de sus pedestales. También hacían lo mismo los jarrones persas, el reloj bostezante, los juegos de té, los ramos de calas, todos bajo el revoloteo nervioso de las mariposas con alas de lentejuelas.

Paso a paso, La Señora y sus sobrinas y un largo desfile de seres del imaginario y de objetos se dirigían en procesión hacia el jardín, donde conformaban un gran círculo entre las sombras de los Sicomoros Azules y la tormenta.

Comenzaba a llover.
Vertical y hacia arriba, en el cielo, se formaba un nudo oscuro y apretado que iba disolviéndose en forma de manchas de transparencias y de luces.

En medio de esas luces había voces intermitentes de cuerdas teclas, bronces y maderas que llamaban.
Y todo lo que sabía callar llamaba. Y todo lo que tenía voz llamaba.
Y todo lo que sabía escuchar llamaba en medio de la tormenta y los nardos de la noche.

La Señora, concentrada, rígida y muy seria daba indicación orquestal de comienzo.
Se apagaban todas las luces en lo más oscuro del cielo.
Luego se oía un bramido sordo, un grito eléctrico, breve y destemplado como un rayo.

Entonces aparecían siete esferas de cristal en el cielo espumoso de tormenta.

Y adentro de esas esferas había siete planetas de fuego que entonaban un cántico melodioso.
Y cada esfera tenía un círculo de alas y cada planeta tenía un círculo fosforescente de manos que se tomaban entre sí.
Y todo esto giraba como una gigantesca rueda ígnea rodeada de voces e instrumentos musicales, mientras toda cosa viva y toda cosa inerte danzaba, cantaba La Música de los Astros en el Firmamento de la Noche.

Ariel Mastandrea.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Romance del Diente de Ajo de Ariel Mastandrea (Uruguay)



I



Hubo un Diente de Ajo que se enamoró de una Rosa de Francia.
Romance más raro no se conoce, ni enamoramiento similar es poco probable que se repita entre perfumes de flores y costumbres de semillas tan distintas.
Como todo el mundo sabe, los ajos son obreros muy trabajadores de la Fábrica del Sazonar. Viven en familia apretada, entre almácigos, con sus casitas de techos y chimeneas blancas, todas iguales y redondas. Son muy buenos para el corazón y bullangueros para el estómago, les encanta tocar la guitarra, armar alboroto y hacer muchas fiestas donde comen guisos picantes y toman mucha sopa.
Se quieren tanto unos a otros y se enamoran tan rápido, que terminan con una cantidad de hijos que forman ruedas contentas, todos trenzados y a las ristras en su Sindicato de lo Igual. De tantos trabajos y festejos se vuelven muy sudorosos y huelen como huelen los ajos, muy condimentados.
Este Diente de Ajo era un ajo sonriente muy trabajador y contento, y más bien feíto.
Le encantaba tomar agua en pleno día, cantar a la noche con sus parientes y amigos, a los abrazos y festejos con todos en el siempre variado arte del  parrandear.
Tenía cuarenta y dos hermanos, ochenta y tres hermanas, seiscientos doce sobrinos, mil cuatrocientos cincuenta y cinco primos, sin contar a los tíos que de tantos que eran no se podían contar con los dedos.
Como la mayoría de los ajos, muy ordenado no era; ante tanto trabajo del sindicato y jolgorio, cuando terminaba una fiesta ya empezaba otra y no había mucho tiempo para perder después del sazonar.
Las rosas, muy por el contrario de los ajos, viven en familias solitarias, en sus castillitos aristocráticos, todos perfumados en el tono pastel correspondiente para cada estación de la moda.
Se dedican a las altas finanzas y al espinar.
Les gusta especular con las Semillas de la Bolsa y guardan muy celosamente sus Abonos en el Banco del Jardín, donde tarde o temprano, se vuelven altos ejecutivos del pinchar.
Para esta tarea se necesita mucho carácter y empecinamiento, pero a pesar de todo, son de modales suaves, coleccionan antigüedades y les gusta la ópera vista desde los palcos dorados.
Cabe aclarar que en la antigüedad solían viajar y hablar muchos idiomas, pero con el tiempo y debido al abono importado, al final terminaron hablando poco y viajando menos; sólo aterciopelan… Y está de más decir que no les gustan los apretujamientos ni los besos, porque se ajan, se despetalan.
De todo eso más bien poco.
Apenas los minués.
Y eso si hay órgano.
Esta Rosa de Francia era una rosa hermosísima, alta y perfumada que vestía un amplio y satinado vestido rosado.
Siempre fue de carácter afable.
Era hija única y sólo tenía tres primas: las Rosas de Té, un primo lejano: Don Diego de la Noche y una tía un poco sorda y chiflada: la Rosa Silvestre de la Enredadera.
Esta tía era muy querida por todos, pero vivía lejos y casi no visitaba; la pobre tenía artritis en el tallo y odiaba tomar un taxi porque se apretujaba y se despetalaba, así que no se bajaba por nada del mundo de su Cerco Florido en la Pradera.
A esta Rosa de Francia tan elegante y tan bella, le gustaba tomar café descafeinado y sin azúcar y aprendía bordado y latín en su jardín.
Era una rosa muy prolija y muy aseada, todo un verdadero pimpollo.
Como todo lo importante tiene que suceder cuando sucede, sucedió.
Así de pronto.
Fue cuando avanzó la Luna de Octubre a mirarse en el Espejo de la Noche, que es cuando suceden las cosas más maravillosas alrededor del Estanque de la Primavera.
El Diente de Ajo se iba a parrandear con un grupo numeroso de sus hermanos para  festejar el nacimiento de diez de sus nuevos primos, que habían nacido todos juntos aquel mismo día, en quintillizos y en doble, como corresponde a toda buena familia de Ajos Cabezones.
Justo pasaban armando alboroto y agitando matracas por el sendero del castillo de las Rosas de Francia, cuando él la vio.
La Luna de Octubre en ese preciso momento se pintó su lunar en la parte más plateada  del Deseo.
Ella estaba en su almenado almenar, alta, sola y rosa-rosada y perfumada como nunca.
El estaba allá abajo, bajito y feito, en medio de una muchedumbre de ajos olorosos y con la boca abierta.  
Ella lo vio exiguamente desde su lejanía, apenas le pareció curiosa su sonrisa.
El casi ni pudo asombrarse de tanto espacio que se llenaba de estrellas en lo que el creyó que veía.
Sopló un vientito leve, apenas prometedor de promesas.
Ella sintió un frescor condimentado en la noche que le ayudó a recitar a Ovidio con una nueva entonación que no conocía.
El apenas pudo llegar a donde llegó, si es que a algún lugar llegó.
A ella le quedó un gusto a algo picante que le gustó, a él le supo a poco lo que sabía del mundo y quería más; no sabía de qué, porque estaba perdido.
Así que a partir de ese momento el Diente de Ajo y la Rosa de Francia tuvieron que averiguarlo todo en los caminos entreverados del Deseo.
Que no es tarea fácil.
Uno duda, desconfía, no sabe si preguntar o responder, si escuchar o esconderse, si mirar o no ver, si ir o quedarse, si esperar o decidirse a no decidirse.
Pero en el fondo uno siempre sabe. Ese es el secreto.
Los que se animan a reconocerlo desde el principio resultan ser al final los más felices.
Desde esa noche y todas las noches sucesivas, el Diente de Ajo llegaba hasta el sendero del castillo de las Rosas de Francia, cruzaba un puente, se colocaba debajo del almenado almenar, se quedaba quietito en un cierto lugar iluminado.
Durante mucho tiempo fue así:
Ella estaba allá arriba y él allá abajo.
Los dos en algún lugar distinto de la noche.
El miraba para arriba y ella miraba para abajo.
Y cada uno tenía su mirar en las estrellas; no se sabía quién estaba en el espejo del Firmamento, quién arriba o quién abajo se asomaba al borde oscuro del pozo de la noche.
Así sucede siempre en las estaciones en flor, cuando el amor poliniza con su canto el claror de las noches en el cielo de Octubre.
Sucedió que ella poco a poco comenzó a olvidarse de las declinaciones  y los verbos en latín; él en medio de su desazón, quería más de algo, no sabía de qué, pero con sabor a rosa .
Ella perdió su dedal de seda y se pinchaba con la aguja en su bordado.
El dejó de parrandear.
Fue justo entonces cuando la Luna de Octubre se rio un poquito por detrás de sus últimas nubes de frío, tomó su petaca de madreperla con la que empolvaba su nariz y la abrió , con un gesto perfecto esparció algo del polen de los sueños alrededor del aire de la noche.
La Rosa de Francia se puso en puntas de pie y se inclinó.
El Diente de Ajo se estiró y se estiró todo lo que pudo y apenas llegó.
Hubo un beso floral en el almenado almenar, un cántico de violines para siempre nuevo de porvenires perfumados….
Y ninguno de los dos supo jamás lo que sucedió después.
En las altas torres de los corazones abrazados no se sabía si era de día o era de noche.
Así fue que a partir de ese momento todo cambió.
Se los veían a los dos muy tomados de la mano y recortándose contra el horizonte alejado de los cosas bulliciosas del mundo.
“Dos es mucho para una soledad”  —según dicen los que nunca andan acompañados —pero no estaban solos, estaban iluminados.
Iban muy juntos y con una luz resplandeciente que los seguía a donde quiera que ellos fueran; la luz los abrazaba, les hacía cosquillas en la nariz, los sorprendía entre los besos y los caminos largos de la tarde. Era una luz que flotaba, los protegía alrededor y ellos se reían, hablaban bajito y no sabían qué hacer con esa responsabilidad de luz que les crecía.
Y cuanto más días y noches pasaban, más luz había en sus corazones y en derredor.
Por supuesto que tan extraña conducta no pasó desapercibida para los habitantes del Bosque Secreto.
Hubo murmullos, conversaciones y dimes y diretes por detrás de las celosías de la siesta. Y una vocecita aguda que llegó por fin a una síntesis al recordar un viejo dicho:
—Orejas hablaron, bocas escucharon y tanto lío hubo de besos, que pronto se casaron— dijo con su voz chillona la Lora Verde Atorranta.
—¿Un Diente de Ajo y una Rosa de Francia? —Replicó irónicamente el Lagarto del Estanque Morado—, y luego mostrando todos sus dientes recién arreglados con alambritos por el dentista ortodoncista, se rio a las carcajadas con otra conclusión:
—¡Qué disparate!
—¡Qué disparate!— coreó, se rio la mayoría de los habitantes del Bosque Secreto.
—¡Que disparate!¡Que disparate! Repitió la otra minoría que quedaba.
—¡Pero que disparate!— susurraron los que nunca tenían una opinión sobre nada y siempre votaban en blanco.

Así que nadie creía en este enamoramiento perfumado de especies raras que hacían reír.

Y mucho menos la familia de las Rosas de Francia.

Ni bien se enteraron se les erizó el pinchar de sus espinas; alambraron más de la cuenta alrededor  del castillo; trancaron los portones; enjabonaron con jabón de eucalipto importado el sendero; fumigaron con alcohol alcanforado puertas y ventanas; rociaron cada piedra y ladrillo con perfumadores ambientales; pusieron candado y alarmas digitales al almenado almenar.
Dijeron que no.
Lo repitieron bien clarito:
—¡NO, NO Y NO!
—¡Qué disparate!
—¡Pero qué disparate!

La Rosa de Francia se consumía en su dolor perfumado y evanescente de rosa.
El Diente de Ajo ardía en su condición de estar como frito y sin azafrán.
El aire se tornaba de suspiros y tanto suspiraba que casi no se respiraba.

Lo único que no cambiaba era la luz.
Cuanto más tiempo pasaba, había más y más luz.

Y ellos  no sabían qué hacer con tanta luz.

Una tarde, al verlos tan compungidos, se les acercó La Lechuza para darles un consejo:

—Cuando no se puede lo que se quiere, hay que querer lo que se puede —les dijo.
—Yo no sé lo que quiero ni hasta dónde lo puedo- —respondió con voz ajada la Rosa de Francia.
—Yo creo que puedo llegar a querer lo que creo que puedo  —dijo con ánimo el Diente de Ajo.
La Lechuza vio que eran una pareja con las cosas muy claras en materia de dificultades; pensó un rato y al final les dijo:
—Necesitan ayuda profesional para sus nuevos problemas, acudan a la Gran Pitonisa del Bosque Secreto, ella sabrá cómo dar respuestas a sus problemas.
Pero tengan cuidado. Tengan mucho cuidado —dijo lacónicamente La Lechuza. —Es un camino difícil… Largo y muy difícil.



II



Un día estaban tan desazonados en su crisis existencial que al final el Diente de Ajo y la Rosa de Francia se decidieron a consultar a la Gran Pitonisa.
Desde muy temprano se prepararon para recorrer el largo camino, tan sólo necesitaron un poco de entusiasmo enamorado, una mochila que tenía la forma de un corazón y dos vasitos llenos de agua.
Al amanecer los vieron las Azucenas de Miel a los dos muy tomaditos de las manos cuando cruzaban el Puente de la Esperanza, que siempre está lleno de esos cisnes de cuello negro que se zambullen y danzan sobre las aguas del Río de los Sueños y dicen que Si y dicen que No a cada cosa que uno les pregunta.
Los dos sabían que no debían internarse en las aguas peligrosas de ese río y tratar de evitar preguntar algo a los cisnes para no marearse en especulaciones inútiles.
Así que una vez cruzado el puente con mucha precaución, se encontraron con un camino que se bifurcaba al final en tres direcciones.
Cada dirección tenía un cartel que indicaba las oportunidades al viajero.
El primero decía: “Este es el camino que va hasta muy lejos, pero el que no sabe a dónde va es posible que no llegue a ninguna parte”.
El segundo decía: “Este es el camino que va paso a paso hacia un destino, puede que llegues, puede perderte, o llegar a otro lado”.
El tercero decía: “Este es el camino que se queda donde está, hasta pensar qué hacer cuando encontremos otros caminos”.
—¿Qué camino tomaremos? —preguntó ansiosamente perfumada la Rosa de Francia.
El Diente de Ajo no demoró mucho en su contestación.
—Tomaremos el camino del medio, es siempre el más seguro.
Dicho y hecho, tomaron el camino del medio y al poco tiempo estaban los dos atravesando una larga galería frondosa de sombras de grandes helechos, allí se tomaron algunos sorbitos de agua y después caminaron hacia la izquierda, hasta donde se encuentra el Árbol del Centeno, que es el que cuenta los días que faltan para lo que te va a suceder.
El Árbol del Centeno estaba en esos momentos muy acalorado, se abanicaba  con una palmeta  y jugaba como siempre a los dados.
—¿Cuánto nos falta para llegar a donde queremos llegar? —preguntó el Diente de Ajo.
El Árbol del Centeno frunció el entrecejo.
—Siempre depende –dijo –de lo que queramos encontrar.
—Queremos llegar hasta donde se encuentra la Pitonisa del Bosque Secreto— dijo simplemente la Rosa de Francia  muy resuelta.
Sin decir nada el Árbol del Centeno agitó el cubilete y tiró, salió: siete.
—Falta poco para lo mucho que te va a suceder. Pero lo poco puede ser mucho para lo que te puede pasar”—dijo el Árbol del Centeno abanicándose con la palmeta y después profirió una larga carcajada.
El Diente de Ajo y la Rosa de Francia apresuraron el paso.

Ya era la tarde cuando atravesaron el Camino de las Pedrerías que está lleno de de esas hermosísimas ágatas orientales que hay que tratar de no mirar para no entretenerse con la belleza deslumbrante de sus cristales.
Oyeron de lejos a unas garzas naranjas que chistaban nerviosas y chillonas:
—¡No miren , no miren! ¡Por aquí. Por aquí! ¡Con cuidado, con cuidado!
Entonces, dando una vuelta por detrás de unas colinas que llaman “Los vecinos chismosos”, se encontraron de pronto en un recodo con la Piedra Negra del Destino.
Este era el momento más peligroso del viaje.
La Piedra Negra del Destino es la que te da poco de lo mucho que tú quieres y te da mucho de lo que tú sabes que no quieres. Es la que te hace decir lo que no debes decir y te hace olvidar lo que deberías hacer.
Pero el Diente de Ajo y la Rosa de Francia tuvieron mucha suerte. En ese preciso momento, La piedra Negra del Destino no los vio porque estaba en el horario de su tarea del llorar y escribiendo cartas que, por supuesto, nunca nadie recibiría.
Caminaron en puntillas para no entorpecer la labor epistolar y siempre lacrimosa de esa señora tan disgustante y amarga.
No pudieron dejar de oír como al pasar, la eterna cantinela de las buenas intenciones no enviadas:
“Querido amigo mío: seguramente sabrás perdonar el retraso de esta carta. Tú sabes que te quiero mucho, pero es muy difícil para mí en estos momentos…”
Así que siguieron derecho caminando hasta el sendero dorado de las Acacias de Noviembre, que suelen demorar a los viajeros con sus cánticos dorados de ramas y de pájaros.
Pero ese día las Acacias estaban de mal humor y no cantaban.
Tenían dolor de muelas y muchas caries llenas de nidos de petirrojos callados.
El Diente de Ajo y la Rosa de Francia muy tomaditos de la mano continuaron caminando; y caminaron y caminaron hasta que ya se les acabó todo el contenido de los dos vasitos de agua y la mochila con forma de corazón estaba desfalleciente.
Ya al final, entre los sauces violetas y los tilos taciturnos encontraron a la Gran Pitonisa del Bosque Secreto: La Flor del Mburucuyá.
Ella estaba recostada en el Muro de Su Gracia, alta y de cofia azul, con su centro de corazones blancos y sus cruces incendiadas de pasión.
Era la flor más hermosa del mundo y también la Gran Maga del Lugar Más Transparente.
La Flor del Mburucuyá los vio tan cabizbajos, tan tristes, tan tomados de la mano y con aquella luz que los seguía a todos lados, que en seguida lo supo.
—¿Están enamorados? —preguntó de lejos.
—Sí  —respondieron a coro dos vocecitas que se acercaban temblorosas.
—El amor es el significado último de todo lo que nos rodea. Es algo misterioso y no es un simple sentimiento, es la verdad, la alegría que está en el origen de toda creación.
 —No sabemos qué hacer  —dijo el Diente de Ajo.
—Deben aprender a saber qué hacer ante las cosas importantes —respondió la Flor del Mburucuyá.
-¿Y cómo aprendemos a saber qué hacer? —preguntó la Rosa de Francia casi en un hilito de voz.
—Lo primero es saber expresar lo que sienten y luego transmitirlo para que se entienda. Esas son las dos llaves que abren todas las puertas a  las respuestas  del mundo —dijo la Flor del Mburucuyá.
—Es muy difícil expresar lo que siento —dijo la Rosa de Francia.
—Y todo se llena de palabras que no entiendo  —agregó el Diente de Ajo.
—Las palabras no entienden lo que pasa  —dijo la Flor del Mburucuyá, recordando a un poeta amigo suyo— hay que preguntarle al corazón.
—Yo le pregunto y le pregunto —dijo el Diente de Ajo—, y cuanto más le pregunto a mi corazón, más palabras aparecen.
—¿Y cómo son esas nuevas palabras? —preguntó la Flor de Mburucuyá, muy curiosa ante aquella ardiente respuesta.
El Diente de Ajo pensó un ratito y luego dijo muy serio:
—Vienen como disfrazadas para no ser reconocidas por la luz.
—Quítales el antifaz —dijo suspirando la Flor de Mburucuyá —Quítales el antifaz.
Dijo esto tan solo y comenzó a dormirse en sus cruces opalescentes y en su  oracular; desde lejos, entre sus sueños, la gran Maga  escuchaba un cántico de voces que repetían vacilantes:
“El amor hace pasar el tiempo; el tiempo hace pasar el amor.
Y todo pasa y todo canta.”
Ninguno de los dos enamorados sabía qué hacer en estas circunstancias pero habían comenzado a expresarlo.
Sobretodo el Diente de Ajo.
—Creo que entiendo algo —dijo. Esto es algo muy concreto.



III


Así fue que el Diente de Ajo aprendió algo muy curioso, utilizaba la luz para descifrar a  las palabras. Y todas las palabras se quitaban su antifaz y eran hermosísimos sus rostros sonrientes. Pero no podía atrapar la imagen de esos rostros.
Le sucedía algo curioso, cuando arribaba a una significación que descubría, al rato se olvidaba. Tan frágil era la luz y tan intenso el esconderse detrás del antifaz.
—Deberías escribirlo para que así no se te pierdan los hallazgos —le había dicho la Rosa de Francia.
Así que el Diente de Ajo comenzó a escribir para poder retener su inspiración entre las cosas que descubría.
“Todos somos una sinfonía.”
Fue lo primero que escribió, y luego pareció escuchar algo:
“Y Todo canta”, escribió después.
El Diente de Ajo buscó entre las palabras y cuanto más encontraba, y más buscaba, aparecían más palabras y él les quitaba el antifaz y las escribía entre las sonrisas de la tarde que escuchaba.
“Todo habla y todo calla. ¿Escuchas como habla y cómo calla?”
“Todo canta alrededor de muchos sentidos”. Sintió que le habían dicho cuando miraban hacia el cielo iluminado de la noche.
La Rosa de Francia cada vez estaba más enamorada de aquello que se iba escribiendo sin cesar entre los muchos sentidos de su corazón iluminado.
—¿Escuchas cómo cantan?
—¿Qué significa? —preguntó la Rosa de Francia.
—El significado eres tú —dijo el Diente de Ajo.
Alguien en ese momento que estaba escuchando sin querer, se sintió muy conmovido por las palabras del Diente de Ajo.
—Es un Diente de Ajo poeta —le dijo lacónicamente la Lechuza  a la Retama  de la Noche, luego agregó con mucho respeto: —Y es un Gran poeta.
La Retama de la Noche quedó como muda al principio por la emoción de semejante noticia. Anduvo como perpleja y flotante entre lo que quedaba de las sombras de la  noche; pero luego, al amanecer reaccionó.
Con la alegría que tenía se puso tintineante  y comenzó a charlar con todo el que encontraba a su paso.
—¡Sólo eso nos faltaba! —dijo el Lagarto Morado del Estanque —¡Un poeta!
—¿Un poeta? —preguntó la Retama Amarilla.
—¿Un poeta? —dijeron muy contentas las Violetas estudiosas en su biblioteca de nácar.
¡Por fin!
—Un poeta —respondieron los bosques en su verdor de ramas del día. ¡Un poeta!
—¡Un poeta ha nacido en la tierra! —corearon, susurraron las azucenas pensativas del río. ¡Qué maravilla! ¡Pero qué maravilla!
Ciertamente el Diente de Ajo se había transformado en poeta.
Las primeras en ayudarlo fueron las Abejas Editoras, que siempre han tenido un olfato especial para detectar los talentos nuevos y  saben captar todas las variaciones sutiles de los perfumes de moda.  
Se entusiasmaron mucho; en seguida pusieron a las abejas obreras a trabajar en las rotativas, consiguieron mucho papel de seda, tinta sin aguar, que ofrecieron gentilmente los pulpos y los camarones del río,  y le hicieron firmar, al Diente de Ajo, el contrato para imprimir sus poemas de lejos. Bien de lejos.
Fueron ellas las que le publicaron su primer libro de poemas: "Rosado esplendor", que a la Rosa de Francia le encantaba porque la hacía marearse en palabras dulces que según ella eran: "Como chocolatines de menta entre los solfeos del cantar".
Apareció un fotógrafo que le hizo clic al poeta.
Él sonrió  porque era muy comunicativo, pero era difícil sacarle fotos, tenía tanta luz alrededor que velaba los negativos.
Publicó un libro que se llamó: "El condimento del condimentar" que fue célebre a nivel popular. Otro que se llamó: "El azúcar del salar", que logró definir su estilo e hizo que los eruditos lo respetaran; pero que era muy difícil de rimar.
Fue necesario que lo tradujeran  a otros idiomas y lo aplaudieran en el extranjero para que después, en la vuelta al original corregido, pudiera ser entendido y apreciado por los intelectuales “serios y locales.”
En su nueva condición y como conviene a un poeta en cierne, el Diente de Ajo se dejó crecer su pelo. Como lo tenía plateado le quedaba lindísimo.
Le hicieron clic y clic y el sonrió y continuó sonriendo; pero seguía saliendo  todo en blanco por tanta luz que irradiaba. Nunca perdió su perfil de feito, ni de bajito, pero pasó a la categoría de "interesante", que es lo máximo en las categorías publicitarias del no decir nada, pero con mucho bombo, estilo y platillo.
Todas las ajas y las cebollas comenzaros a suspirar de admiración ante aquel ajo tan artista.
Y no sólo las sazonadoras de las Fábricas del Sazonar estaban entusiasmadísimas, el atractivo llegaba hasta las pasas de uva del turrón y a las aceitunas de la pascualina, después se dirigió  a las pimientas del fainá y de ahí pasó directamente a las almendras, a las avellanas y a las confitas de las complicadas tortas de quince años y de casamientos.
Ya  al final, una de las frutillas adolescentes que estaba leyendo uno de sus poemas "Del cocina y del cocinar", al encontrar un verbo que él había inventado: "frutillar" y que había hecho coincidir con: "frotar con ardor y enfritar" no pudo más de la emoción que le dio al sentirse aludida  y se desmayó en crema chantilly.
Ese mismo día él publicó sus "Poemas de un amor agrio y desesperado".
A partir de eso, el efecto fue instantáneo y demoledor.
Causó sensación.
Aparecieron miles y miles de fotógrafos y hubo más clic y clic; y no importaba que saliera todo en blanco, era igual;  salía en portadas de revistas y lo entrevistaban en televisión; editaba nuevos volúmenes de sus libros de poemas y lo invitaban a dar discursos en la Universidad de las Violetas.
Hasta tuvo su sitio web muy visitado en internet que era: www.ajoconpoesíabosquesecreto.org
Cuando el mundo se enteró de que el Diente de Ajo no se podía casar sin el permiso de la familia de la Rosa, su fama estalló.
Fue en las páginas amarillas de la revista "Hola Amor " donde se destapó toda la historia. Luego pasó a la televisión, en una versión adaptada al Teleteatro de las Cebollas Mexicanas, donde obtuvo el mayor rating del llorar  por años.
A partir de ese momento todo se conoció a nivel virtual, es decir, nadie creyó que todo esto fuera posible, insistían y lo hacían posible y muy sazonado en internet.
El raro arte de saber hacer llorar en poesía, con o sin condimento, siempre trae beneficios.  
Primero intervino el Ministro de Educación de los Jardines Perfumados.
Después se hizo presente el Ministro de Relaciones Exteriores de las Cunetas de los Bordes. Luego vino el mismísimo Presidente de El Lugar Más Transparente.
Cuando amenazó con intervenir el Papa del Jardín del  Huerto, la familia de la Rosa ya no pudo decir que no.
No hay quien pueda contra el peso de La Fama de un Poeta, y menos las rosas.
Así que se casaron.
Redoblaron las campanas de esponsales para el Diente de Ajo y La Rosa de Francia.




IV



El casamiento fue de lo más sonado en años en todas las crónicas sociales que se conozcan.
Más bien fue tremendo.
Con sólo la familia del novio hubiera bastado para llenar un estadio, pero hubo más.
El Sindicato de Lo Igual hizo "Paro por Casamiento”, lo cual inauguró una nueva época en materia de reivindicaciones y relacionamiento social. No hubo gremio que faltara ni sindicato que no se preparara; y cada cual con su pancarta, su presencia firme y sus banderas. Armaron sus tolderías de colores y esperaron con sus cánticos alrededor de las hogueras y los cuentos reivindicativos y condimentados de ocasión.
Por supuesto que vinieron miles de estudiantes de ciudades cercanas y  remotas; de todos lados llegaron muy apretujados y entusiastas en sus carretones de primavera llenos del perfume del heno de las  ciencias, sus flores de las artes aplicadas  y  sus pensamientos filosóficos; a los correteos y gritos de conocimientos enamorados llegaron todos al casamiento  empujando por hacerse de un lugar.
Hasta llegaron varias representaciones diplomáticas extranjeras.
Vinieron los ajíes chilenos, que son cuatro: El Ají de Cebiche, que llegó hasta con su plato redondo y su pescado; el Ají del No, que hasta trajo el Sí de tan entusiasmado que llegó; el Ají de la Desconfianza, que llegó muy apurado por miedo a perder el tren de las cosas, y el Ají Pobre, que hasta llegó Rico de tanta mostaza que se echó encima.
También vinieron los Ajíes Chinos, todos con sus bonetes rojos, amarillos o en verde tornasolado,  a los saludos y reverencias chinescas, todos tomados de la mano y formando una cadena serpenteante para no perderse en el gentío.
Por supuesto que vinieron —no se lo podían perder— los intelectuales acaramelados, los ácidos y los con crema; los artesanos del papier maché; los pintores naif; los chefs del inventar;  los cineastas de ciencia ficción; los filósofos de las utopías imposibles; los dibujantes de historietas; los arzobispos del soñar…  
Hasta vinieron los poetas envidiosos en su pomposo aletear.
Ni qué decir que también llegó la Alcaparra Pimentona, que de tan gorda que estaba, hubo que llevarla en andas de aquí para allá. Daba besos a todo el mundo y repartía  propinas de confetis rellenos de salsa de soja.
De la familia de ella también asistieron muchos, porque en ese verano justo coincidió en que fue moda casarse con alboroto y fotógrafos entre las rosas.
Y como había tanta Fama…
Vino la Rosa Roja Pompadour con todo su séquito de damas, pajes, caballeros y coches de embajadores en rojo; vinieron las Rosas Tudor, la Rosa Reina Isabel y la Rosa Mariscala de Flandes, todas acompañadas aristocráticamente por pajes uniformados en pétalos de tonos pastel.
Todas rozagantes llegaron en sus carrozas, cuidando los gestos inútiles para no despetalarse.
Hasta llegó la más famosa y hermosa de todas las rosas: la Rosa Negra Japonesa, que como todo el mundo sabe, y por suerte, cada vez está más lustrosa y más negra.
A último momento también llegó en un taxi apurado la tía de la novia, La Rosa Silvestre de la Enredadera, casi musitando y sorda y apenas pudiendo con los líos de su tallo y sus regalos azules.
Había mucho nerviosismo.
Alrededor de la novia, todo era aleteante en infinidad de muchachas mariposas y libélulas niñas en sus trajes abullonados y flameantes de organdí.
La novia Rosa estaba espléndida, alta y pensativa en su espumoso vestido rosado.
El novio Ajo estaba quietito, bajito y nervioso en su sudoroso smoking blanco, muy engominado y plateado, como convenía a la ocasión.
De pronto sonaron unos clarines.
Se abrieron las puertas de la Gran Abadía del Bosque Secreto.
Dio marcha de entrada la música de "Los Cánticos de la Lluvia", compuesta por las Gotitas Grises del Arco Iris.
Todas las cabezas se volvieron para mirar hacia un costado.
Primero avanzaron las Damas de Honor de la novia. Que eran tres: La Orquídea Blanca Venezolana, lindísima con su copete lleno de puntillas; La Rosa Barroca Chiquita, también lindísima en su chiquitez y la Rosa de Abril que traía ya el perfume de Mayo.
Por detrás y tratando de no desentonar, venían los padrinos del novio, que también eran tres: El Morrón Amarillo Aguado, el Morrón Verde del Guiso y el Morrón Colorado Obispo, todos en riguroso smoking  marrón con corbatín.  
Hubo un murmullo de admiración, seguido del revoloteo de multitud de Polillas Novicias que se apeñuscaban con sus hábitos recién almidonados y planchados en las escaleras del coro.
Había mucha luz y apenas se podía ver.
La novia avanzó por el atrio central del brazo de su padre, el Vizconde De La Rosa.
El novio aguardaba en el altar sostenido por el aliento de su madrina, la Cebolla de Verdeo y de su padre, el Ajo Cabezón.
Por detrás del altar había un órgano de orégano y un coro de cámara  constituido por ocho integrantes:
Dos sopranos Apios
Tres contraltos Nuez Moscada
Dos bajos Pimentones.
Y un tenor que era un Racimito de Perejil.
Todos en verde como en una ensalada.
A una señal de la Remolacha Reventona, que hacía de directora del coro, entonaron a pedido de los padres de la novia, el "Rex Regina in populi mundi" que aunque era muy bonito y se sentía desde el corazón, nadie entendió nada porque estaba en latín.
Sólo la novia entendió.
Y se le cayó una lágrima.
Inmediatamente las cebollas de verdeo, que son todas feministas y las más sensitivas, dieron la señal.
Todas las cebollas pasa y los cebollines comenzaron a llorar, las rosas, los jazmines y los lirios del valle perfumaban a más no poder, mientras  los ajos y los ajíes se apretaban unos contra otros , exudando mucho para ver bien y no perderse ni un solo detalle.
En el aire flotaba un extraño vapor de circunstancias perfumadas.
Sonaron unas campanitas discretas.
Hizo su aparición el Gran Arzobispo del Bosque Secreto: el  Repollo Violeta Tailandés, que venía con su  extraordinaria capa de volados festoneados en plata y estaba acompañado de tres Rabanitos Rojos, que hacían de monaguillos.
Allí dio comienzo la música del órgano de orégano de la Abadía que fue tocado a cuatro manos por las mellizas de Las Confituras de la Confitería.
Muy circunspectas y perfectas en sus trajes de perlitas de colores, tocaron una melodía que era una adaptación musical de la letra de uno de los poemas del Diente de Ajo, esa que se volvió tan famosa:
"Estás tan dulce y dulce mi amada, si hay algo en ti de amargo, amargo soy yo".
La Rosa Cordobesa Española no pudo resistirse de la emoción y castañueleteó un poquito, le dio mucha vergüenza este acto de descortesía, pero menos mal que ni se notó socialmente,  porque justo al lado suyo estaba sentado el Jazmín Paraguayo que la aviolinó discretamente en un abrazo.
Desde lejos se oía el rumor de los intelectuales y artistas que amenazaban aplastarlo todo con una enorme ola de admiración.
Había gran expectativa  pues se aproximaba el momento más importante de la ceremonia.
En algún momento el Gran Arzobispo se acercó mucho a los contrayentes, casi en un murmullo comenzó a preguntarles cosas que eran inaudibles por el inmenso auditorio.
Entonces la luz comenzó a titilar un poco ante cada pregunta que les hacía el Gran Arzobispo; él preguntaba, ellos contestaban cada cosa y la luz parpadeaba, parecía oscilar un poco y otra vez era radiante y enceguecedora.
Y a todo lo que le recomendara que hicieran, la luz escuchaba, entendía  y más los abrazaba en su albor.
Por fin una voz que no se sabía de dónde venía preguntó algo.
Era algo muy concreto y secreto.
La luz se detuvo en su punto más ígneo.
Alguien remoto tosió un poco, escuchó  atentamente… y ellos desde el centro de sus pétalos luminosos respondieron que sí.
Entonces comenzó una música estremecedora a resonar desde la cúpula de La Gran Abadía del Bosque Secreto.
El órgano de orégano dio un acorde grave que hizo vibrar de emoción al auditorio y una voz de tenor se asopranó por detrás, tomó impulso y luego se esparció en forma de miles de racimitos de perejil en el aire.
Como final de la ceremonia se cantó a pedido de los padres del novio, y tocado por los Porotos Negros Uruguayos en sus tamboriles, el candombe "Arriba los corazones de los muchachos", que como su letra es muy conocida, fue coreado a gritos desde los bancos entusiastas de los estudiantes, los artistas, los aristócratas y los obreros.
Tanto los ajos como los verdeos, las rosas, las violetas y los lirios, todos cantaron su letra esperanzada.
(La Esperanza, como todo el mundo sabe, es un poco loca, lo que más le gusta es marearse y si hay mucha gente, casamiento y candombe, mejor.)
El aire era muy raro, estaba sazonado de amor por todos lados y eso, muy pocos pueden resistirlo.
La primera en desmayarse fue la Cebolla Papa, que de tanto entusiasmarse con las lágrimas, se le empezaron a caer las capas de su traje, lo que le hacía exhalar aún más llanto. Terminó chiquita y toda desmayada en transparente.
La segunda en desmayarse fue la Rosa Tudor, que ante tanta tensión se le cayó la corona que fue a parar al órgano de orégano. Estaba muy confundida y temía perder la cabeza;  no sabía si llorar como una cebolla francesa o reír como un ají chino y no entendía muy bien esos nuevos vapores de perfumes democráticos que ella no conocía.
Lo que sucedió después no coincide en los relatos escritos de la época  y muy pocos se animan a dar su versión definitiva.
Bajo los Jacintos Amarillos y Jazmines de Enero había varias carpas con toldos de seda y muchas mesas engalanadas con cintas de colores y convites para tan especial ocasión.
Justo entonces empezaron los fuegos artificiales.
Todo el mundo miraba hacia arriba: la noche estaba centellante de dibujos.
De la emoción hubo algunos que no se pudieron contener y pusieron huevos, otros bulbos y otros semillas.
Despetalarse no se despetaló  nadie, pero se ajó mucha gente ante tanto apretujamiento.
Hasta se ajó el Gran Ajo Apio, que era abuelo del novio.
Lloró un poquito de felicidad y luego se recompuso a las risas.


©Ariel Mastandrea

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